Sito en el cruce entre el bulevar de Las Américas, el Francisco Benítez López y la prolongación Paseo de Los Héroes, el Monumento al Club Rotario Internacional desde hace años funge como un temporal e improvisado lugar de descanso. Allí tantos caminos, historias y pasados desembocan, sin importar que sea por casualidad, tantos que basta una pausa, detenerse en medio del incesante movimiento urbano en esa intersección, escudriñar el tránsito de viandantes y conductores brevemente reunidos, cada uno con su propia dirección y propósito, para percibir que en esta ciudad, yuxtapuesta al muro, en esta primera (o última) orilla de México, de toda América Latina, utilizar un gentilicio carece de sentido, puesto que aquí no existen tijuanenses, sino gente tijuanizada. Y esto es aún más notorio en los que nacimos y crecimos en este territorio durante este siglo.
De seguro, al conversar con alguno de nosotros, escucharás lo mismo: «Soy de Tijuana, pero mi familia no». Porque, con respecto a la generación de supuestos tijuanenses a la cual pertenezco, raramente acontece que nuestras raíces no se encuentren en otros estados de la república, o hasta en otros países en ciertos casos. Por ejemplo, abundan entre nuestras filas individuos nacidos en Estados Unidos, hijos de mexicanos, cuyos años formativos y adultos los pasan, sin embargo, de este lado de la garita. Así que, en efecto, esto permite que sinalo-estadounidenses tijuanizados existan, al igual que muchas otras mezclas.
Entonces, el término tijuanense es insuficiente, demasiado vago para capturarnos exactamente, ya que nuestra fatalidad es ser mixtos desarraigados, es decir, ser mixtos tijuanizados. Además, simplificar la identidad, una enorme parte de ésta por lo menos, más bien entorpece la antiquísima labor de cumplir el precepto inscrito en el templo de Apolo en Delfos: «Conócete a ti mismo». ¿Cómo podríamos lograrlo al conformarnos con etiquetas que omiten detalles reveladores e importantes?
Ciertamente, denominarnos tijuanizados y no tijuanenses suena a un mero juego de palabras, un cambio nimio que nada resuelve; no obstante, la diferencia es la intención. El gentilicio es para fragmentar, mientras que el propósito de esta otra palabra es conectar. Alrededor de ella es posible agregar más, pues no encasilla, sino que facilita la inclusión de otras que de lo contrario se perderían. Dicho de otra manera, utilizarla mostraría nuestra indisposición a olvidar de dónde provenimos y lo que representa haber vivido en este extraño rincón, uno atravesado sin tregua.
Si bien integramos una generación inevitablemente ambigua y dispersa, también podemos contemplar en esto una oportunidad. Fijémonos de nuevo en el cruce mencionado al principio: sin importar que las vialidades se alarguen y distancien de modo que se antoje ridícula su reconciliación, lo cierto es que fueron construidas para conectarse. A lo mejor nuestros inveterados cruces y confusiones identitarias sirvan para más, que reconocerlos por completo sea el primer paso hacia nuestra unión. Pocos son solo de aquí, y el hecho de no serlo, vivir a diario con una pertinaz división interna, no es para nada anodino, por lo que mediante esto tal vez hallemos cómo ser más que particulares en el mismo rango de edad que casualmente comparten la ciudad.