Aquí empieza… La frase ataca al conductor en cuanto se halla del otro lado de la aduana El Chaparral: «Aquí empieza la patria». Por alguna razón esta frase me resulta imprecisa, sobre todo con respecto a esta patria, la nuestra. ¿En realidad empieza aquí? Tanto en escuelas públicas como privadas, se inculca el ritual rígido de la asamblea escolar: escolta, bandera, firmes, media vuelta, saludar y el himno. Crecimos con una idea institucionalizada de la identidad nacional, casi automática, y lo esencial suele extraviarse.
El pasado jueves 11 de junio, en el mítico Estadio Azteca (al que llamaré así la vida entera, sin importar que por motivos estrictamente comerciales haya cambiado de nombre) se convirtió no solo en el primero en albergar tres mundiales de futbol sino también en el escenario de lo que intentó referirme. Allí, Alejandro Fernández entonó a capella nuestro himno nacional, acompañado por el coro de los miles de asistentes que abarrotaron el coloso de Santa Ursula. En ese par de minutos, contra todo mi yo cotidiano, me conmoví de manera inmensa e inexplicable. Ver la tribuna completamente enverdecida y a los jugadores ataviados con los tres colores de la bandera me generó eso. ¿Qué? Pues lo que genera la patria.
A pesar de que me considero una persona poco patriótica en mi día a día, admito que fui vulnerable a ese profundo sentido de unión durante ese efímero lapso. Aunque es verdad que al estadio acudieron personas que no representan precisamente al grueso de la población socioeconómica del país, fue la sensación de eso inasible que llamo ahora patria lo que dentro mío se removió de repente. Porque la patria no se reduce a los que pagan un boleto, también se encuentra en los que estábamos en casa, alguien delante de una pantalla, en los manifestantes que toman las calles exigiendo justicia, y de manera muy dolorosa, en los que ya no están.
Nuestro país adolece de profundas y serias problemáticas imposibles de ignorar, y sería tan absurdo como ridículo pretender que un partido de futbol lo soluciona todo, pero lo que sí podemos hacer es aprovechar momentos como el descrito, lo que nos provoca en lo personal, y así recordar ese nuestro colectivo sentimiento, esa mezcla tan rara y nuestra de zozobra y esperanza con la que nos juntamos incondicionalmente cuando es necesario. Por más que el oficialismo se llene la boca con discursos demagógicos y vacíos sobre los símbolos nacionales, no debemos olvidar que la patria realmente está en nosotros; empieza en cada individuo; es nuestra, por tanto, nos pertenece.
Para un joven en pleno siglo XXI, el cual intenta adaptarse de a poco a la sociedad de nuestro país, tal vez percibir la patria como algo genuinamente suyo, y no como un concepto heredado y forzado por las instituciones, es lo idóneo. Vivimos en un mundo saturado de obligaciones abstractas, dadas sin aviso ni justificación, y quizás para comprenderlas y sobrellevarlas, esta percepción (por simplista y patriotero que suene) puede repercutir en convertirnos ciudadanos activos y, posteriormente, críticos.
El reto de mi generación no es muy diferente al de las anteriores, lo reconozco. Al final del día, el verdadero desafío consiste en tomar eso que conmueve la patria en cada uno y hacerlo efectivo en el día a día. Y hablo, por supuesto, de cuestiones de muchísimo mayor peso que un torneo de futbol.