En la historia contemporánea de Estados Unidos, la figura del whistleblower, el nombre en inglés para referirse a aquellas personas que filtran secretos de seguridad del gobierno para hacerlos públicos por motivos esencialmente morales, se ha convertido en un personaje mítico: para algunos, héroes; para otros, traidores.
No es casual que sus historias hayan sido llevadas con frecuencia al cine. Las consecuencias y los relatos de casos como el de Daniel Ellsberg, exanalista militar que filtró en 1971 los Papeles del Pentágono, documentos secretos sobre la guerra de Vietnam, han ofrecido al cine una tensión natural entre la conciencia civil y el derecho público a saber.
El caso de Mark Felt, exfuncionario del FBI conocido como “Garganta Profunda”, fuente clave del caso Watergate, fue llevado al cine por Alan J. Pakula en “Todos los hombres del presidente”, en 1976.
Más contemporáneo, Edward Snowden, excontratista de la Agencia de Seguridad Nacional, NSA, reveló en 2013 programas de vigilancia masiva del gobierno de Estados Unidos, un suceso que cimbró las estructuras políticas del país y fue motivo de varios documentales.
En Hollywood podemos hablar de un subgénero construido alrededor de personas que, por razones morales o personales, se ven impulsadas a revelar información secreta a la que tienen acceso gracias a su trabajo. Muchas veces se trata de empleos burocráticos, del orden menos espectacular, pero justamente ahí reside parte de su atractivo dramático, en el conflicto en espacios donde nada parece destinado a la épica.
A la nueva película de Steven Spielberg, “El día de la revelación” (Disclosure Day en inglés), la podemos colocar en esa categoría de whistleblower, aunque esté enmarcada en la ciencia ficción y el thriller de persecución.
Spielberg mantiene el dominio de la dirección de cámara que lo caracteriza. Hay planos técnicamente complicados e imaginativos, movimientos para hacer legible la acción. Sin embargo, “El día de la revelación” termina por ser una película menor, sostenida por clichés del género de acción y por una trama que falla en darnos la fuerza emocional que busca.
La cinta presenta a dos protagonistas separados físicamente, pero unidos por un mismo trayecto narrativo que se revela conforme avanza la historia. Josh O’Connor, como Daniel Kellner, y Emily Blunt, como Margaret Fairchild, son el centro del relato.
Steven Spielberg plantea un Estados Unidos que aún se ve a sí mismo como el centro del universo pero en ciudades irrelevantes del midwest gringo, y a su gobierno como rector del destino de la humanidad. El problema no está solo en la ambición de esa premisa, sino en lo anacrónica que resulta frente a la mirada del espectador actual.
Daniel Kellner trabaja como analista de una empresa oculta en la estructura gubernamental de Estados Unidos llamada Dexnor; es un burócrata decidido a revelar al mundo el material oculto que probaría la existencia de vida extraterrestre, incluyendo un dispositivo tecnológico de esos seres.
Margaret Fairchild, una meteoróloga aspirante a conductora de noticias de televisión, experimentará en paralelo una especie de despertar que le dará poderes sobrehumanos y la pondrá en el ojo de Dexnor. Su propia huida comenzará conectada con el dispositivo, aunque la película tarde demasiado en hacer que esa relación cobre sentido dramático.
Spielberg desafinado
La filmografía de Spielberg está atravesada por la exploración de relatos en donde la vida extraterrestre ocupa un lugar central. En esa tradición spielbergriana se inscribe “El día de la revelación”; incluso podríamos trazar una conexión casi directa con su “Encuentros cercanos del tercer tipo”, de 1977.
En esta ocasión, la fe religiosa, específicamente la católica, cumplirá una función de contrapeso, casi como consuelo o refugio ante lo incomprensible. Ese elemento aparece particularmente en Jane Blankenship, interpretada por Eve Hewson, la novia de Daniel Kellner, con quien emprende la huida.
La idea podría haber dado mayor complejidad a la película, pero queda apenas insinuada. Spielberg parece más interesado en mover a sus personajes de un punto de riesgo a otro que en detenerse en aquello que esos personajes creen, temen o desean.
Para infortunio de la película y de la audiencia, la narración se sostiene a través de persecuciones inverosímiles, diálogos explicativos y personajes secundarios que no terminan de cuajar.
Un ejemplo es una escena en la que, sin explicación previa o contexto, Margaret se encuentra en una gasolinera y a su alrededor cunde el pánico, con personas que realizan compras de emergencia, al mismo tiempo que hay un niño solo en un auto, que le servirá a ella de ayuda; es decir, situaciones que abusan de la suspensión voluntaria de la incredulidad.
Spielberg ha sido consistente en elegir historias protagonizadas por personas normales a las que les ocurren cosas extraordinarias. Sus personajes suelen recibir el destino sin margen de elección y deberán afrontarlo para llegar a ser héroes o heroínas.
En “El día de la revelación”, los personajes encajan en esa descripción, pero no alcanzan a sostenerla. Hay demasiados cabos sueltos y demasiados esfuerzos por unirlos. La madeja se enreda de tal modo que la película termina por recurrir a salidas facilonas, escenas de acción poco inspiradas y artilugios tecnológicos que sustituyen el desarrollo dramático.
Para esta historia propia, Spielberg recurrió a David Koepp, con quien ya ha colaborado en guiones para “Parque Jurásico” o “La guerra de los mundos”; un veterano del más puro cine hollywoodense, sobre todo para mal.
John Williams, compositor de 94 años y a quien no se le puede cuestionar su contribución a la música para cine, es el encargado de la partitura. En mi opinión, es lo más débil de la cinta.
No se trata de la calidad compositiva, sino del vicio del cine de Hollywood de dictarle a la audiencia lo que debe sentir y en qué momento experimentarlo. Este truco suele ser una muleta para auxiliar a un mal guion.
Cuando aparecen animales o hay momentos de confesión emocional, la música de Williams surge para decirnos que debemos conmovernos. En las secuencias de acción ocurre algo similar, con una instrumentación que parece salida de un banco de sonidos prefabricados.
Steven Spielberg ha dirigido 35 películas en su carrera y ha demostrado que puede trabajar con temas populares sin renunciar a la seriedad. Sin embargo, “El día de la revelación” se siente como una de sus realizaciones menos logradas, una película sobre sus obsesiones, pero que no consigue renovarlas.
“El día de la revelación” ya está en salas de cine, pero quizá prefiera esperar a que llegue a plataformas, o incluso a la televisión abierta, cuando la pueda ver a gusto mientras revisa su celular.