El 3 de junio de 2026, se cumplieron 100 años de Ginsberg. Este año también se cumplen 70 años de la publicación de Aullido. En 1955, en una cafetería en Berkeley, California, Ginsberg comenzó a escribir el poema y lo presentó por primera vez en una icónica lectura de la Six Gallery, en San Francisco. Un año después, Lawrence Ferlinghetti publicó Aullido en City Lights Books.
Aullido es uno de los grandes poemas del siglo XX. Ginsberg —a través del verso largo y espontáneo— enunció la voz de una generación tumbada por el capitalismo deshumanizante: artistas, marginados, vagabundos, homosexuales, visionarios y rebeldes. Aullido invocó y anunció la contracultura.
Hace unas noches —para celebrar el centenario de Ginsberg—, busqué en mi librero Aullido y otros poemas, una edición bilingüe de Laberinto Ediciones traducida por José Vicente Anaya, miembro fundador del infrarrealismo y primer traductor de Aullido al español, ¡con aprobación de Ginsberg!
Instintivamente abrí el libro por la mitad, buscando la versión original en inglés, pero algo me jaló hacia la traducción de Anaya.
Era la primera vez que leía Aullido en español. Sentí que leía otro poema. La transfiguración de Anaya me fascinó. Primero pensé que Anaya, al traducir Aullido, había sido poseído por Ginsberg. Pero al terminar la lectura, me di cuenta que Anaya, en la traducción, también poseía a Ginsberg.
Al leer la versión al español conocí a otro Ginsberg, alterado por Anaya. Fue como leer de nuevo ¡y por primera vez! uno de los grandes poemas de la literatura mundial. La traducción es un tipo de ventriloquía.
Al terminar de leer la versión de Anaya, releí Aullido en inglés.
Cuando terminé eran las 2:00 a.m. Para dormir, busqué en YouTube la primera grabación de Aullido de 1956 en el Reed College (Portland), y la reproduje desde mi celular.
Lo primero que pensé fue que la voz de Ginsberg, en el primer verso, se escuchaba robótica. No recuerdo qué pasó después. ¿Pasaron 3 minutos? Me quedé dormida.
De pronto, escuché a Ginsberg gritando: “eli eli lamma lamma sabacthani saxophone cry”. Desperté aterrorizada, pero la voz de Ginsberg seguía allí, cada vez más fuerte: “that shivered the cities down to the last radio / with the absolute heart of the poem of life butchered out of their own bodies good to eat a thousand years.”
Agitada, me levanté de la cama y busqué mi celular entre las cobijas para detener la grabación de YouTube. Cuando por fin lo encontré, descubrí que no tenía batería. Intenté tranquilizarme hasta que el aullido terminó.
Intenté convencerme de que lo había soñado, que la falta de sueño me había hecho alucinar la voz de Ginsberg aullando dentro de mi habitación. Su voz parecía molesta. Me provocó el mismo terror que sentía de niña cuando iba a misa y escuchaba al sacerdote alterado, advirtiendo desde el púlpito que todos éramos pecadores.
Regresé a la cama. Y después de varios minutos de angustia, volví a quedarme dormida.
Al día siguiente me desperté muy temprano para escribir este texto. La noche anterior había decidido escribir sobre el primer verso de Aullido: “I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked” (Anaya traduce: “Yo vi a las mejores mentes de mi generación destruidas por locura sufriendo fríos hambres histéricas desnudas”). Pero Ginsberg tenía otros planes.
Mientras preparaba mi café recordé mi encuentro nocturno con Ginsberg. Abrí Aullido buscando los versos que había escuchado en medio de la madrugada, aquellos que me habían despertado sobresaltada: “eli eli lamma lamma sabacthani”.
No sabía qué significaba. Busqué la frase en Google: se trata de una expresión en arameo que aparece en el Nuevo Testamento como una de las últimas palabras de Jesús antes de ser crucificado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Cerré el libro. No pude siquiera darle un sorbo a mi café. Me dieron ganas de llorar. Invadida por Ginsberg, comencé a escribir.
Al leer la versión al español conocí a otro Ginsberg, alterado por Anaya. Fue como leer de nuevo ¡y por primera vez! uno de los grandes poemas de la literatura mundial. La traducción es un tipo de ventriloquía
Aullido es el gran lamento de la poeta que no puede pensar únicamente en la poesía.
Aullido es la poeta arrojada al mundo, desterrada en él.
Aullido es también la transfiguración y la ventriloquía de un lamento de larga duración, una voz que atraviesa siglos y reaparece bajo nuevas formas.
Aullido es la kénosis de la poeta: el vaciamiento.
Aullido es escribir en tiempos de Moloch. Atravesadas por el capitalismo, la gentrificación, la corrupción, el imperialismo estadounidense, la destrucción de especies, el ecocidio, el narcotráfico, el narcogobierno, la pederastia en Hollywood y la iglesia, el genocidio en Palestina.
Aullido hoy son las madres buscadoras de sus hijos desaparecidos mientras México celebra el Mundial. Quienes lloran en Gaza. Quienes trabajan jornadas interminables. Quienes mueren todos los días por la narcoguerra.
El espíritu de Ginsberg me acechó. Me enseñó que escribir es también hablar con los muertos. Y leer es dejar, muchas veces sin saberlo los vivos, que los muertos, literalmente, te hablarán. Te harán hablar.