Vivimos en una época en la que una noticia puede recorrer el país en cuestión de minutos. Una fotografía, un video o una publicación en redes sociales puede llegar a miles de personas antes de que exista una investigación formal, una versión oficial o siquiera una oportunidad de defensa para quien aparece señalado. Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información, pero tampoco había sido tan fácil emitir una sentencia sin conocer todos los hechos. Basta una publicación viral, una acusación o un fragmento de video para que comiencen los señalamientos, las descalificaciones y, en muchos casos, una condena social anticipada.
Como sociedad, es natural indignarnos ante conductas que parecen injustas. Es humano solidarizarnos con quien afirma haber sido víctima de un abuso, una agresión o una violación a sus derechos. Sin embargo, precisamente en esos momentos es cuando más debemos recordar uno de los principios fundamentales que sostienen nuestro sistema de justicia: la presunción de inocencia.
Nuestra Constitución la reconoce, al establecer que toda persona debe ser considerada inocente mientras no se declare su responsabilidad mediante una sentencia emitida por una autoridad competente. No se trata de un tecnicismo jurídico ni de una protección para quien ha cometido un delito. Se trata de una garantía construida para proteger a todas las personas frente al riesgo de ser condenadas sin pruebas suficientes.
La presunción de inocencia existe porque el error humano existe. Porque las investigaciones pueden equivocarse, porque los testimonios pueden ser incompletos y porque las apariencias no siempre reflejan la realidad. La historia está llena de ejemplos de personas que fueron señaladas, exhibidas y condenadas públicamente para después demostrarse que los hechos ocurrieron de manera distinta. Por eso el debido proceso no es un obstáculo para la justicia; es una de las herramientas que permiten alcanzarla.
El problema es que las redes sociales no operan bajo las mismas reglas que los tribunales. Mientras un juez tiene la obligación de escuchar a todas las partes, analizar pruebas y resolver conforme a la ley, en el espacio digital muchas veces basta una publicación para generar una conclusión definitiva. Hoy hemos comenzado a normalizar los juicios paralelos. Una acusación puede destruir reputaciones, afectar familias, poner fin a carreras profesionales y marcar la vida de una persona antes de que exista una sola resolución judicial. Y cuando más tarde se demuestra que la información era falsa, incompleta o estaba fuera de contexto, el daño normalmente ya es irreparable.
Por supuesto, esto no significa que debamos ignorar denuncias o minimizar el dolor de las víctimas. Todo lo contrario. Las víctimas merecen ser escuchadas, protegidas y acompañadas. Las autoridades tienen la obligación de investigar con seriedad cualquier hecho posiblemente delictivo. Pero escuchar no es lo mismo que condenar. Investigar no es lo mismo que sentenciar. Y exigir justicia tampoco debe significar renunciar a los principios constitucionales que nos protegen a todos.
La verdadera fortaleza de un Estado de Derecho se demuestra cuando somos capaces de defender esos principios incluso en los casos que más nos indignan. Porque los derechos fundamentales no fueron creados para los momentos fáciles; fueron creados precisamente para los momentos difíciles. La presunción de inocencia no protege delincuentes. Protege ciudadanos. Nos protege a todos.
Las redes sociales pueden informar, visibilizar problemas y generar debate público. Pero la justicia debe seguir construyéndose en las instituciones, mediante pruebas y conforme a la ley. Porque cuando las sentencias se dictan desde un teléfono celular y no desde los tribunales, corremos el riesgo de sustituir la justicia por la emoción. Y una sociedad guiada únicamente por la emoción difícilmente puede garantizar justicia para nadie.