Si Tijuana fuera una persona, ya le habrían recomendado terapia varias veces.
No porque esté loca. Porque está agotada.
Imagínensela sentada frente a un terapeuta. Cruzada de brazos. Ojerosa. Defensiva.
—¿Y cómo te sientes con tu relación de pareja?
Silencio incómodo.
—¿Cuál de todas?
—La que tienes con Estados Unidos.
Y entonces Tijuana se ríe. Esa risa que aparece cuando uno todavía no está listo para admitir el problema.
Porque hay relaciones tóxicas que se construyen con mentiras. Y hay otras que se construyen con fronteras.
La nuestra lleva más de un siglo.
Nos levantamos temprano para verla. Hacemos filas kilométricas para verla. Organizamos horarios, trabajos, compras y expectativas alrededor de ella. Hay personas que pasan más tiempo esperando cruzar que conviviendo con sus vecinos.
Y sin embargo, seguimos llamándolo privilegio.
La frontera es una de las pocas relaciones donde alguien puede hacerte esperar tres horas bajo el sol y todavía agradecerle al final.
Eso ya debería prender algunas alarmas.
Con los años, el tijuanense desarrolló una condición psicológica curiosa. Una especie de síndrome fronterizo. Un estado mental donde el otro lado siempre parece más emocionante, más eficiente, más limpio, más prometedor.
Como esos amores imposibles que se vuelven perfectos porque nunca terminan de conocerse.
La adrenalina empieza desde la fila.
Aplicaciones para monitorear tiempos. Estrategias. Horarios. Atajos. Conversaciones completas dedicadas al arte de cruzar. Hay quien sabe más de garitas que de historia local.
Y cuando finalmente se llega al otro lado, ocurre algo extraño.
La realidad rara vez está a la altura de la expectativa.
Compras algunas cosas. Comes algo. Caminas un poco. Regresas.
Pero el ritual continúa.
Porque a veces no cruzamos por necesidad.
Cruzamos por costumbre.
Por validación.
Por esa sensación de que algo importante está sucediendo allá y no queremos quedarnos fuera.
Mientras tanto, Tijuana espera.
Como esa pareja que se queda en casa mientras el otro siempre anda viendo hacia otro lado.
Lo paradójico es que esta ciudad ha aprendido a sobrevivir sola una y otra vez. Tiene gastronomía, cultura, arte, creatividad y una capacidad casi milagrosa para reinventarse. Pero de vez en cuando sigue buscando aprobación en una ventana que no siempre se abre.
Quizá por eso Tijuana necesita terapia.
Para hablar de dependencia emocional.
Para preguntarse por qué mide su autoestima en dólares y su paciencia en horas de fila.
Para cuestionar por qué normalizamos perder una parte tan considerable de nuestra vida esperando avanzar unos cuantos metros.
Porque si algo hace la frontera es robarnos tiempo.
Y el tiempo es una de las pocas cosas que no se pueden declarar en aduana.
Horas de vida que podrían convertirse en conversaciones, libros, proyectos, descansos o encuentros con la comunidad terminan consumidas dentro de una fila inmóvil, observando cómo avanza lentamente una relación que nunca termina de ser recíproca.
La pregunta incómoda no es si vale la pena cruzar.
La pregunta es cuánto de nosotros estamos dejando del otro lado sin darnos cuenta.
Porque una comunidad también se construye con presencia. Con gente que habita su ciudad en lugar de pasar buena parte de su energía soñando con otra.
Tal vez la terapia no consista en dejar de cruzar.
Consista en dejar de idealizar.
Entender que la frontera puede ser una puerta sin convertirse en una obsesión.
Que Estados Unidos puede ser vecino sin convertirse en destino emocional.
Y que Tijuana, después de tantos años de espera, merece algo mejor que una relación basada en filas, ansiedad y validación externa.
Merece mirarse al espejo.
Y por una vez, quedarse de este lado porque quiere.
No porque la línea estaba muy larga.