Cuando pensamos en el mar y la literatura, la mente suele traicionarnos. Nos vende esa postal idílica y romántica que autores como Rudyard Kipling o Joseph Conrad esculpieron en piedra: hombres rudos pero honorables, tormentas místicas que forjan el carácter, la inmensidad del océano como un espejo del alma y una mística de la aventura donde, incluso en la desgracia, hay cierta nobleza. Nos fascinan los piratas y los corsarios porque los miramos con el filtro nostálgico del tiempo. Qué lindo es el escorbuto y el canibalismo cuando se leen desde la comodidad de un sillón con un café en la mano.
Pero la realidad, lamentablemente, suele ser mucho más sucia, caótica y carente de épica y ahí es precisamente donde entra David Grann con su más reciente artefacto de destrucción masiva literaria: Los náufragos del Wager.
Para quienes le habían perdido la pista, Grann es el sujeto detrás de Los asesinos de la luna (Killers of the Flower Moon), ese libro que Scorsese convirtió en una película de tres horas y media sobre cómo el ser humano es capaz de erradicar a sus semejantes por unos dólares. Tras semejante éxito, la presión sobre qué escribir después habría paralizado a cualquiera. Pero Grann ya ha consolidado una marca registrada dentro de la llamada “Non-Fiction Novel”. Su método es infalible: encuentra un archivo histórico cubierto de polvo, desentierra un escándalo del pasado y lo narra con el ritmo trepidante de un thriller psicológico, sin inventarse un solo dato, pero haciéndote dudar de la cordura de la especie humana.
Nos fascinan los piratas y los corsarios porque los miramos con el filtro nostálgico del tiempo. Qué lindo es el escorbuto y el canibalismo cuando se leen desde la comodidad de un sillón con un café en la mano
Con Los náufragos del Wager, Grann marca un regreso triunfal y demuestra que lo suyo no fue suerte de principiante. Aquí nos traslada a 1742, cuando un puñado de hombres demacrados llega a las costas de Brasil a bordo de una balsa destartalada. Son los supervivientes del HMS Wager, un navío británico que naufragó cerca de la Patagonia mientras perseguía un galeón español. En ese momento, Europa los aclama como héroes que vencieron a los elementos. El problema surge algunos meses después, cuando otra balsa, aún más destartalada, llega a Chile con otros tres supervivientes que cuentan una historia radicalmente distinta: los primeros no eran héroes, eran unos amotinados, asesinos y tiranos.
El valor literario de este libro no radica solo en la minuciosidad con la que Grann reconstruye los hechos basándose en diarios de navegación y bitácoras de la época. Su verdadero triunfo es psicológico y narrativo. Grann no te vende la aventura caballeresca que Kipling habría firmado; te muestra cómo una tripulación militar, bajo una presión extrema, desmantela la “civilización” en cuestión de semanas. El barco no solo se hunde en el agua; se hunde en la anarquía. Hay traición, facciones, hambre extrema y un sálvese quien pueda que deja a El señor de las moscas como un pacífico campamento de verano.

Con un tono sutilmente ácido y un humor negro que se filtra entre las tragedias de los marineros, Grann expone el absurdo del Imperio Británico y, por extensión, de la naturaleza humana. El autor maneja el suspenso de forma magistral: el lector se convierte en el jurado de una corte marcial, sopesando qué versión de la historia es la verdadera, sabiendo que en el mar, la primera baja siempre es la verdad.
Los náufragos del Wager es, en definitiva, una cachetada de realidad para los amantes de las viejas novelas de piratas. Es un recordatorio de que la supervivencia no es glamorosa y de que el ser humano, cuando se está congelando y no tiene qué comer, es el animal más peligroso del océano.
Si buscas una aventura marítima para reconciliarte con la humanidad, lee a Kipling. Pero si quieres ver cómo nos destruimos con elegancia burocrática, Grann es tu hombre.