Durante siglos, la historia se escribió con mayúscula y solo hablaba de reyes, papas y grandes batallas. Los libros nos contaban qué pensaban los poderosos, pero casi nunca qué imaginaba la gente común. El historiador italiano Carlo Ginzburg, fallecido el pasado 17 de junio a los 87 años, cambió las reglas de ese juego para siempre. Su muerte nos deja un vacío enorme, pero también el momento perfecto para celebrar su obra maestra, El queso y los gusanos, un libro que se lee como una novela policiaca y que revolucionó nuestra forma de entender el pasado.
Ginzburg fue el padre de la “microhistoria”, una corriente que propone algo fascinante: en lugar de mirar el pasado con un telescopio para ver las grandes estructuras, hay que usar un microscopio para enfocar una sola vida humana. Si esa vida se examina con suficiente agudeza, en ella se puede reflejar el mundo entero.
Eso es exactamente lo que hace en El queso y los gusanos. El libro nos traslada al norte de Italia a finales del siglo XVI para presentarnos a Domenico Scandella, un molinero del que nadie se acordaría hoy si no fuera porque todos lo llamaban Menocchio. Menocchio no era un noble, era un hombre pobre, pero sabía leer. Y en esa época, mezclar a un campesino con un puñado de libros era una combinación altamente inflamable para la Iglesia Católica.
El título del libro proviene de la teoría más famosa y delirante de nuestro molinero. Al ser juzgado por la Inquisición por sus ideas heréticas, Menocchio explicó con total naturalidad cómo creía que se había creado el universo: “Todo era un caos… y de esa masa se formó un coágulo, exactamente como se hace el queso con la leche, y en él surgieron gusanos, y estos fueron los ángeles”.
Para Menocchio, Dios no había creado el mundo de la nada; el mundo había surgido de una especie de fermentación cósmica y Dios era solo uno más de los seres nacidos de ese “queso”.

Lo maravilloso de la escritura de Ginzburg es que no trata a Menocchio como a un loco o un bicho raro. Con una empatía tremenda, el historiador se convierte en un detective que rastrea los pocos libros que el molinero logró conseguir. Ginzburg nos demuestra cómo Menocchio leía esos textos deformándolos a través de su propia cultura popular y oral. Era la voz de las clases bajas que, por una vez, no repetía lo que le dictaban desde el púlpito, sino que pensaba por sí misma.
El impacto de este libro, publicado originalmente en 1976, fue inmediato y duradero. Nos enseñó que la cultura popular del pasado no era un lienzo en blanco esperando ser pintado por las élites, sino un terreno vibrante, ruidoso y lleno de ideas propias. Hoy, gracias a Ginzburg, los historiadores buscan las historias de las mujeres, de los campesinos, de los marginados y de los olvidados por los registros oficiales.
Despedir a Carlo Ginzburg es triste, pero la mejor manera de rendirle homenaje no es guardar un minuto de silencio, sino abrir las páginas de su libro más querido. El queso y los gusanos no es un texto pesado para académicos acartonados; es una invitación maravillosa, divertida y profundamente humana a descubrir que la historia también nos pertenece a nosotros. Si alguna vez se han preguntado cómo pensaba la gente de a pie hace quinientos años, corran a buscar este libro. Les aseguro que nunca volverán a ver el pasado de la misma manera.
Descanse en paz, Carlo Ginzburg.