Hubo un tiempo en que la pijama era un acuerdo íntimo. Un pacto silencioso entre el cuerpo y la noche. Te la ponías para rendirte, para bajar la guardia, para decirle al mundo: ya no estoy disponible. Hoy no. Hoy la pijama cruza la calle, pide café, hace fila, discute precios y hasta toca el claxon.
En Tijuana la pijama ya no es prenda: es postura filosófica.
Sales a la esquina por unas tortillas y ahí está. Pijama de ositos. Pijama de franela. Pijama con mensajes motivacionales que no motivan a nadie. Chanclas opcionales. Mirada perdida incluida. No es prisa. No es emergencia. Es algo peor: renuncia.
Porque una cosa es la comodidad y otra muy distinta es la rendición estética, emocional y —perdón— también higiénica. La pijama nació para la cama, no para el mundo. Está diseñada para absorber sudor nocturno, sueños raros y crisis existenciales a las tres de la mañana. Sacarla a la calle es como llevar la almohada al transporte público: algo profundamente personal fuera de contexto.
Pero no se trata solo de ropa. La pijama en la vía pública es un mensaje. Dice: “No me importó lo suficiente como para cambiarme”. Y eso, aunque suene exagerado, se filtra a otras áreas de la vida.
No es moralismo. Es simbología urbana.
La ciudad es un escenario compartido. Cuando salimos a ella, hacemos un mínimo esfuerzo por el otro. Nos peinamos tantito. Nos lavamos la cara. Nos ponemos pantalones con intención. Es una forma básica de decir: aquí estoy, despierto, participando. La pijama, en cambio, dice lo opuesto: “esto es lo que hay”.
Y sí, habrá quien diga: “¿Qué tiene de malo?”. Nada… hasta que lo tiene todo. Porque cuando normalizamos el me da igual, la apatía se vuelve uniforme oficial. La pijama deja de ser chiste y se convierte en síntoma.
Tijuana ya carga suficiente cansancio como para además vestirlo en público. Es una ciudad que lucha, que corre, que improvisa. Merece un poquito más de dignidad textil. No elegancia. No marcas. Presencia.
La pijama callejera no es rebeldía. Es abandono con estampado infantil.
Y no me malinterpreten: todos hemos salido alguna vez “rápido”. El problema no es la excepción, es la costumbre. Cuando la pijama deja de ser emergencia y se vuelve identidad, algo se está desconectando adentro.
Tal vez por eso incomoda. Porque nos recuerda un estado mental colectivo: el de andar por la vida sin terminar de despertarnos. Como si la ciudad fuera una extensión del cuarto. Como si nada importara lo suficiente como para cambiarse.
Vestirse es un acto mínimo de respeto. No al sistema. No a la moda. Al momento. A uno mismo. A la vida que, aunque cansada, sigue pasando afuera.
La pijama es para descansar.
La calle es para estar despierto.
Y Tijuana, con todo y su caos, todavía merece que salgamos a encontrarla con los ojos abiertos y los pantalones correctos.