Estuve allí, hace quince años, cuando se concretó la hazaña, el ascenso del Club Tijuana Xoloitzcuintles de Caliente a primera división. En cuanto el árbitro silbó el final, estalló el febril festejo, llovieron vasos de cerveza, inclusive cubetas, y el griterío era ensordecedor. Tenía entonces ocho años y sin falta había asistido a cada partido de aquellas temporadas en las que se logró la gesta, muchas veces sentado bajo el sol de la tarde en el graderío de cemento llano, creyendo siempre en el equipo, celebrando sus victorias, sufriendo sus derrotas, y de todos modos recuerdo la enorme e inesperada impresión que me provocó aquel jubilo desaforado. ¿Por qué un juego es capaz de despertar a tal grado la pasión del público?
Once contra once, dos porterías y un balón, más allá del contexto y los cambios reglamentarios, lo que desde hace más de un siglo conocemos como futbol es una inagotable fuente de historias extraordinarias. Un brasileño de diecisiete años que vence a los europeos en su juego y suelo. Argentina y su divina venganza contra los ingleses. El tímido niño de Rosario que no podía crecer convirtiéndose en el mejor de todos los tiempos. Sobran ejemplos, y para la gente en la grada o delante del televisor, lo acontecido en la cancha puede trascender el deporte, tratarse de más que individuos pateando un esférico, más que un solaz entretenimiento de fin de semana.
Anticipadamente se sabe que solo es un juego, por supuesto, pero luego arranca el partido y en noventa minutos más el agregado, el desarrollo de las acciones, la construcción de un resultado en tiempo real y el ánimo competitivo en el campo, aunados al ambiente alrededor, permean en el espectador, aunque este no tenga injerencia alguna, y su mera presencia basta para hacerlo sentirse involucrado en la dinámica. Todo porque suele suscitarse una peculiar confusión: en lugar de considerar la rivalidad atestiguada como un ellos contra ellos, se le percibe, más bien, como un nosotros contra ellos. Y no es casualidad, claro, que suceda esto.
Desde los tiempos del ascenso, después de presentar al once titular nombre por nombre, el remate siempre ha sido: «Y con el número 12, el Estadio Caliente». Por lo que se ha propiciado la distorsión aquí, tal cual de seguro se ha hecho en otros lugares del amplio mundo y en otras épocas. Y aquella primavera del 2011, tras alzarse la copa, resonó We Are The Champions de Queen, himno que disimuladamente llamaba a los circunstantes a sumarse. No obstante, lo que acabó de una vez por vincular a la grada fue que el entonces director técnico, Joaquín del Olmo, abandonara el césped sintético y se atreviera a visitar a La Masakr3, la barra del equipo rojinegro. La unión entre la tribuna y el equipo era total, por tanto, y la contagiosa alegría del triunfo invitaba a creer en un futuro prometedor, generaba ilusión con respecto al porvenir, uno común, general. Quizás, muchos nos apasionamos, no solo por el juego en sí, sino también, sin saberlo, porque este nos hace sentirnos parte de algo más grande.