Hablar de niñas, niños y adolescentes en situación de calle no es sencillo. No se trata solo de cifras o de un problema social que vemos desde lejos. Son historias reales, vidas que comienzan con demasiadas dificultades y que, muchas veces, se desarrollan en un entorno que debería ser temporal, pero que termina convirtiéndose en su única realidad: la calle.
Quienes hemos tenido la oportunidad de trabajar de cerca con esta problemática sabemos que ningún niño llega a la calle por casualidad. Detrás de cada uno hay una historia marcada por carencias profundas: violencia familiar, abandono, adicciones en el hogar, pobreza extrema o la ausencia total de redes de apoyo. En muchos casos, la calle termina siendo, paradójicamente, el lugar donde sienten que al menos pueden sobrevivir.
Desde el ámbito jurídico, la niñez es reconocida como un grupo que debe recibir la máxima protección. Las leyes establecen con claridad que el Estado, la familia y la sociedad tenemos la responsabilidad de garantizar su desarrollo integral, su educación, su seguridad y su tranquilidad. Sin embargo, cuando vemos a niñas y niños trabajando en los cruceros, limpiando parabrisas, vendiendo productos o simplemente viviendo en las calles, queda claro que entre lo que dice la ley y lo que ocurre en la realidad todavía existe una distancia importante.
A lo largo de mi experiencia profesional he conocido casos que dejan una profunda reflexión. Niños que dejaron la escuela demasiado pronto, adolescentes que aprendieron a sobrevivir antes que a jugar, y menores que han crecido en ambientes donde la violencia o la carencia forman parte de la vida cotidiana. Cada uno de ellos representa una historia que merece ser atendida con sensibilidad, pero también con responsabilidad institucional.
La calle no es un lugar seguro para la niñez. Es un espacio donde los riesgos se multiplican: explotación laboral, consumo de sustancias, violencia física y emocional, e incluso la posibilidad de ser víctimas de redes delictivas que buscan aprovecharse de su vulnerabilidad. Por eso, cada día que un niño permanece en la calle es un día en el que sus derechos siguen siendo vulnerados.
Atender esta problemática requiere mucho más que acciones aisladas. No basta con operativos temporales o con trasladar a los menores a un albergue por algunos días. Es necesario un trabajo integral que incluya acompañamiento familiar, acceso a educación, atención psicológica, oportunidades de desarrollo y programas que realmente permitan reconstruir un proyecto de vida.
Pero también es necesario que como sociedad dejemos de normalizar esta realidad. Durante años hemos visto a niñas y niños trabajando en las calles como si fuera parte del paisaje urbano. Nos detenemos en el semáforo, los vemos acercarse y, en cuestión de segundos, la vida sigue. Sin embargo, cada uno de esos niños es un recordatorio de que todavía tenemos una deuda pendiente con la infancia.
La forma en que tratamos a nuestras niñas y niños habla profundamente del tipo de sociedad que somos. Atender la situación de la niñez en calle no es solo una obligación legal, es también un compromiso humano que no puede seguir esperando. Porque detrás de cada niño hay un futuro que aún puede cambiar.