Tusa, despecho, heartbreak, corazón roto… Cada cultura tiene una palabra para, quizás, una de las emociones más apabullantes. Si ya existe en el lenguaje, lo raro —por no decir ridículo— es que siga faltando una conversación seria sobre este molesto estado.
La inteligencia artificial y la salud mental ya no son una conversación del futuro, son una escena del presente que nos obliga a reflexionar sobre cómo nos estamos acompañando.
Hay dolores tan humanos que cada cultura termina poniéndoles nombre
He pensado mucho en esto últimamente: hay dolores tan viejos que el lenguaje no puede evitar rodearlos.
En Colombia decimos tusa, y esa palabra siempre me ha parecido poderosa por ser tan gráfica, porque la tusa es lo que queda del maíz cuando ya le quitaron todos los granos: el centro pelado, expuesto, despojado. Qué imagen más cruel. Pero sí, así se sienten ciertos duelos. También decimos despecho, y la palabra sola ya parece una herida: como si algo se hubiera quedado sin pecho, sin resguardo, sin casa.
Quizás por eso me sigue impresionando que tratemos el dolor amoroso como si fuera apenas material de canciones, cuando en realidad puede mover la vida entera: el sueño, el cuerpo, la concentración, la manera en que una persona se piensa a sí misma.
“Cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la palabra.”
— Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte
¿Por qué seguimos minimizando lo que más nos rompe?
Paso muchas horas trabajando y conviviendo con personas en edad de preparatoria y adultos universitarios, y cuando se pone sobre la mesa el tema del desamor, es común que minimicemos el duelo amoroso como si fuera exageración, inmadurez o sentimentalismo. ¡No lo es!
Si de verdad hablamos de acompañamiento integral, entonces tendríamos que normalizar mucho más la conversación sobre salud mental, salud emocional e inteligencia emocional. No como adorno o marketing institucional. No como discurso bonito para conectar, sino como parte fundamental de la formación humana.
Porque sí… en los duelos también se crece, quizá te obligan a mirar de frente lo que ya intuías y de ahí, con suerte, termina naciendo una versión distinta de ti. Pero también pienso que esos momentos de duelo podrían ser menos devastadores si aprendiéramos antes a entender cómo opera nuestra intuición, a leer señales internas y a trabajar nuestra salud mental antes del colapso.
Y mientras tanto, la IA escucha y emite juicios.
¡Les guste o no!
Mientras seguimos dejando el amor, el duelo y la salud emocional al margen, la IA empieza a convertirse en escucha inmediata.
No porque comprenda el alma humana, y mucho menos porque pueda sustituir la terapia, sino porque responde, está ahí, no interrumpe, no pone caras raras. Porque, en un entorno emocionalmente desatendido, cualquier forma de escucha inmediata se percibe como ayuda.
Y eso dice algo más sobre nosotros que sobre la tecnología.
A propósito del tema, les comparto el podcast Los hombres sí lloran, porque sigue abriendo conversaciones públicas sobre vulnerabilidad, dolor y salud emocional. No solo porque hacen falta, sino porque revelan una urgencia cultural: necesitamos volver a aprender a hablar del dolor sin ridiculizarlo, sin minimizarlo, sin expulsarlo de la conversación pública.
No creo que la respuesta sea demonizar la IA. Pero sí creo que tendríamos que preguntarnos por qué se está volviendo confesor de una época que no ha construido suficiente escucha.
Hace ya un año encontré este libro maravilloso, “La ridícula idea de no volver a verte” de la escritora Rosa Montero. Un libro escrito desde su propio duelo y en diálogo con el duelo de Marie Curie tras la muerte de Pierre. Me impactó muchísimo porque no sólo dignifica el inmenso aporte de Marie Curie a la ciencia que por fin conocemos, sino también sus emociones, su vida privada expuesta y sus “embarradas”. A su vez, la escritora parece dignificar su propio duelo y sanar a través de ella, hacer acompañamiento a sus retos.
¿Qué tanto hablamos del desamor con las personas que nos importan?
¿Qué tanto sabemos acompañar?
¿Qué valor les damos a quienes nos acompañan?
Porque al final el problema no es que la tecnología escuche. El problema es que tantas veces estamos en un duelo y no sabemos dónde acurrucarnos.
Y entonces uno sigue moviéndose por fuera, casi como si nada, mientras por dentro tiene el alma en pedazos y ya no aguanta la pena
No deberíamos llegar tan solos a una IA
Hoy les propongo que volteemos la mirada que venimos teniendo con preocupación sobre la IA, para enfocarnos en el hecho de que nuestros entornos educativos y laborales sigan tan poco preparados para acompañar a las personas en estos procesos.
Hago un llamado a la empatía.
A la escucha real.
Más educación emocional.
Más humanidad en la manera de acompañarnos.
Seamos honestos: por más que evolucione la tecnología y los modelos de lenguaje, casi nadie, al atravesar un dolor, preferiría una conversación con ChatGPT a un abrazo a tiempo.