Cuando vemos competir a un deportista de alto rendimiento solemos pensar que, si juega bien, está bien. Sin embargo, la evidencia científica demuestra que el rendimiento y la salud mental no siempre avanzan de la mano.
En una investigación realizada con futbolistas profesionales mexicanos encontramos que los jugadores presentaban síntomas leves a moderados de ansiedad y depresión, aun cuando mantenían niveles elevados de autoconfianza, cohesión grupal y habilidades psicológicas relacionadas con el rendimiento deportivo. Esto significa que un atleta puede seguir entrenando, competir al máximo nivel y cumplir con las exigencias de su profesión mientras enfrenta un importante malestar emocional.
Uno de los hallazgos más importantes fue la estrecha relación entre la ansiedad y la depresión. A medida que aumentaban los síntomas de ansiedad, también lo hacían los síntomas depresivos, lo que confirma que ambas condiciones suelen presentarse de forma conjunta y requieren un abordaje integral.
Otro resultado llamó particularmente la atención: los síntomas emocionales no mostraron una relación significativa con el rendimiento psicológico deportivo. En otras palabras, el malestar emocional no siempre se traduce en una disminución inmediata del desempeño. El deportista continúa funcionando, entrenando y compitiendo, mientras su salud mental puede estar deteriorándose silenciosamente.
Precisamente ahí radica uno de los mayores retos para el deporte de alto rendimiento. Esperar a que el atleta “deje de rendir” para ofrecer apoyo psicológico significa llegar tarde. La salud mental debe atenderse antes de que el problema sea evidente.
En nuestro estudio también observamos que la autoconfianza y la cohesión grupal constituían recursos psicológicos sólidos. Estos factores pueden actuar como elementos protectores frente a las exigencias de la competencia; sin embargo, no eliminan la necesidad de acompañamiento profesional. La fortaleza emocional no consiste en soportarlo todo, sino en contar con herramientas para afrontar la presión de manera saludable.
Es aquí donde la figura del psicólogo del deporte cobra una relevancia fundamental. Su trabajo va mucho más allá de intervenir cuando aparece una crisis. Participa en la prevención, el fortalecimiento de habilidades psicológicas, el manejo del estrés competitivo, la regulación emocional, la recuperación después de una lesión y la adaptación a los cambios que implica una carrera deportiva.
Así como nadie cuestiona la importancia del médico, del fisioterapeuta o del preparador físico, tampoco debería cuestionarse la presencia del psicólogo dentro del cuerpo técnico. Cuidar la mente es cuidar el rendimiento, pero sobre todo es cuidar a la persona que hay detrás del uniforme.
El deporte de alto rendimiento seguirá exigiendo resultados, pero esos resultados serán más sostenibles cuando comprendamos que un atleta no deja de ser humano por el hecho de competir. Porque detrás de cada victoria, de cada entrenamiento y de cada partido, hay alguien que también necesita ser escuchado. La salud mental no es un lujo en el deporte profesional; es una condición indispensable para construir carreras más saludables, más longevas y también más exitosas.