Sin la salud no hay nada. La frase fue demoledora. El curandero no la pensó ni un segundo. Él sabía lo que decía y yo no pude negarme, sólo asentí. No se requiere mucho conocimiento para tenerlo claro, de acuerdo, pero me hizo mucho bien recordarlo.
La semana pasada fui a la Ciudad de México. El librero don Miguel Marquez, fallecido apenas hace unos meses, decía que la capital del país era “La sucursal del cielo”. Los amigos sabíamos de su cariño por las calles del Centro Histórico.
Por razones culturales, aunque prefiero pensar que son razones místicas, la sucursal del cielo tiene curanderos cerca de la Catedral Metropolitana. Allí, ellos ofrecen distintos rituales, limpias, lecturas de tarot y otras costumbres intrigantes.
No me voy del antiguo DF sin hacerme una limpia. El ritual no es caro, ni requiere mucho tiempo. Los curanderos trabajan por cooperación voluntaria para los turistas de Tenochtitlán. Recomiendo ser generosos con ellos.
Fueron días pesados. A pesar de las enormes bondades del metro, los visitantes de la ciudad deben caminar largas avenidas si quieren disfrutar de la arquitectura, los parques, las garnachas y los museos.
Un día antes de la limpia, dormí con las ventanas del hostal abiertas. Me voy a enfermar, pensé cuando la vi de par en par, pero el cuerpo no me dio para cerrarla. Yo sólo quería descansar y no saber nada más.
Amanecí con el cuerpo cortado, la nariz reseca y la garganta irritada. Debí cerrar la ventana, pensé. Era el quinto día del viaje y sentí que la densidad del aire, la altura de la capirucha, la contaminación y, por supuesto, dormir con la ventana abierta, cobraron factura.
Todos nos hemos enfermado alguna vez. Despertamos por la mañana y el cuerpo no se siente equilibrado. Sabemos que los próximos días serán lo peor porque estaremos enfermos. Hasta se nos olvida qué se siente estar bien. Mentimos y prometemos cuidarnos más.
El malestar matutino no me impidió nada. Continué así, con debilidad. ¿Qué hubiera hecho usted, estimada lectora o lector? Usted está en la sucursal del cielo. Fue a tomar fotos, perderse por las librerías y, quizás, hartarse de comida. Se levanta porque se levanta.
Después de un largo día pasé al Zócalo por la noche. Los partidos del mundial dejaron de transmitirse por la televisión gigante. Horacio, el curandero, estaba sentado en el costado oriental de la Catedral, junto a un joven desaliñado. Pásele, aquí le hacemos la limpia.
El curandero me pidió pararme frente a él con los brazos abiertos. Después preguntó por la intención del ritual. Él me vio vacilar un par de segundos y me dijo “hagámoslo por la salud”. ¿Cómo supo que no me sentía bien? Sentí que me leyó la mente, pero quizás fue mi aspecto.
Pasó el sahumerio alrededor de ambos brazos, primero el derecho y después el izquierdo. Luego, sopló la humareda sobre el rostro y después me rodeó, esta vez echó el humo en la espalda. Todo fue rápido. Cuando menos pensé la ropa olía entera al copal.
Sacó un recipiente de plástico del bolso y me encerró en un círculo de líquido inflamable trazado en el suelo de la calle, así chamagoso, con bacterias y un tono grisáceo en mal estado. Usó un encendedor y prendió el fuego.
Agarró un manojo de ruda y pirul. No reconocí las hierbas, pero la curiosidad me ganó y pregunté. Me pidió sostener el puñado con ambas manos. Huélelos, fuerte, fuerte y pide un deseo. Lo pedí en mi interior, sólo para mí y nadie más.
El curandero no paró de hablar ni un segundo. Diría que me terapeó. Fue una consulta autóctona express. Miraba directo a los ojos, con detalle. No recuerdo la vestimenta, pero pongamos que lucía urbano y tradicional a la vez.
Horacio dijo que sin la salud no somos nada. Me invitó a vivir en el presente porque no sabía si mañana yo estaría vivo. Dijo que me rodeaban las envidias, que me cuidara. Deja de pensar en el pasado y el futuro porque son figuras de la imaginación. Agradece la salud.
La limpia terminó de manera abrupta. Saqué del bolsillo cien pesos y se los di. Caminé al hostal y no dije ni una palabra del ritual hasta hoy. Escribo el final de la columna enfermo porque los síntomas no sólo siguieron, sino que empeoraron.
Horacio no me quitó la enfermedad. Podría llamarle un charlatán con los brazos cruzados, así nada más, pero no, sería una descortesía de mi parte porque finalmente sí hizo la chamba: ayudarme a valorar la salud. Sólo enfermos miramos la salud.
Hace rato fui a la farmacia por un antigripal para pasar la noche. A esta hora ya no hay médicos atendiendo. Si el objetivo del rito fue pedir por la salud, creo que se cumplió. Ahora mismo quiero más que nunca sentirme bien. Ahora sí prometo cuidarme como se merece.
Respecto al deseo del curandero, querida lectora o lector, prefiero mantenerlo en secreto.