Si eres de quienes piensan que la vida es un río tranquilo que fluye hacia la autorrealización, probablemente este libro te dé un golpe de realidad (o al menos te haga reír de lo patéticos que podemos llegar a ser). María Fasce nos trae Las vidas de Elena, una novela que es, en esencia, un manual de cómo no manejar una crisis existencial, pero escrito con una elegancia que casi te hace olvidar que todos los personajes necesitan terapia urgente.
Elena, nuestra protagonista, no tiene una vida: tiene varias o al menos eso intenta. La historia nos pasea por una estructura que salta entre el pasado y el presente, mostrándonos que la Elena del presente es el resultado de una serie de decisiones, digamos, “cuestionables” en el pasado. Fasce, que además de escritora es editora y sabe perfectamente dónde apretar para que nos duela, nos presenta una mujer que parece tenerlo todo, pero que se siente como si estuviera atrapada en un probador de ropa con la luz demasiado fuerte; es decir: todo se ve mal, empezando por ella misma.
Lo divertido (si tienen un sentido del humor retorcido como el mío) es ver cómo Elena intenta escapar de la sombra de su madre y de la monotonía de su propia piel. Ahí es donde radica uno de los mayores aciertos del libro: la construcción psicológica de la protagonista. Fasce logra que el lector reconozca en Elena dudas, miedos y deseos propios. Sus contradicciones no son exageradas ni melodramáticas; por el contrario, resultan cercanas y verosímiles. La autora se detiene en los pequeños gestos, en las conversaciones cotidianas, en los silencios que pesan más que las palabras. Esa atención al detalle convierte a la novela en una experiencia íntima, casi confesional.
Lo que hace que “Las vidas de Elena” no sea otro drama sobre “una persona en busca de su destino”, es el tono. Fasce no escribe con una pluma, sino con un bisturí. Se burla de las pretensiones intelectuales, de la falsa estabilidad del matrimonio y de esa idea absurda de que tener un amante es la solución a los problemas de identidad. Advertencia: esto solo echa más ropa sucia a la lavadora y más mentiras a la consciencia.
El sarcasmo aquí es sutil pero constante. Se siente en la descripción de las reuniones sociales, en los silencios incómodos y en la forma en que Elena se observa a sí misma. Es ese tipo de humor que te hace soltar una carcajada y luego mirar hacia los lados para ver si alguien notó que te sentiste identificado con una conducta tóxica.
Si buscas una historia de superación personal donde la protagonista encuentra la paz mediante el yoga y jugos verdes, huye, aquí no es. Pero si disfrutas de:
Personajes que mienten más de lo que respiran.
Secretos familiares que explotan en el momento menos oportuno.
Una prosa afilada que no pide perdón.
Entonces Elena es tu mujer.
María Fasce logra algo difícil: que te importe una protagonista que, por momentos, dan ganas de agarrar a cachetadas. La estructura del libro es ágil, avanza sobre la trama con la habilidad de un atleta olímpico, saltando entre épocas para armar el rompecabezas de una identidad fragmentada.
Las vidas de Elena es una radiografía del deseo y de la cobardía: de la pérdida. Es un recordatorio de que, no importa cuántas vidas intentes inventarte, siempre terminas llevándote a ti mismo en la maleta, y esa es la verdadera tragedia (y la mejor de las comedias). Fasce ha escrito una novela redonda, ácida y lo suficientemente corta como para leerla en un fin de semana de autodesprecio productivo (disponga de vino a la mano, lo va a necesitar).