Hace cuatro meses, recorriendo cuesta arriba el Cañón Jhonson (no Johnson) en busca de mi barbero, avisté brevemente a dos jóvenes en un balcón, muchacho y muchacha, comiéndose a besos. Entonces, de inmediato, por alguna razón me sobrevino un pensamiento: «Cuando se acabé, la que les espera».
Llenar un cuaderno y después quemarlo, tatuarse un verso, frecuentar los antros o cortarse el cabello, ya que no existe un método universal ni perfecto para sobrellevar el desamor. Al contrario. Y, aunque lo normal sea concebirla como una carga, podríamos descubrir una lección en nuestro proceder tras una decepción amorosa. Máxime, en el mundo actual, un lugar donde lo único que vale es el resultado final.
Cuando se esfuma el sueño y la ilusión, haya sido como haya sido, saber que se terminó, no volverá o simplemente nunca inició, no nos basta.
Intentamos regresar a tu rutina diaria, pero en el fondo todavía duele, quedamos nosotros con esa molesta sensación remanente en el interior y las horas se dilatan de manera intolerable. Nos surge la duda, la misma que se nos presentó tras enamorarnos: «¿Ahora qué?».
Y sin ninguna estrategia, simple y sinceramente comenzamos a buscar, porque, ya sea enamorados o despechados, sobrevive en nosotros esa interrogante, esa urgente necesidad de hacer algo por lo que sentimos.
Al fin y al cabo, como dijo cierta poeta, «hay alguien aquí que tiembla» y la meta es clara: soltar, recuperarse, medrar. No obstante, aunque queramos seguir y seguir, siempre seguir, antes de eso, ese primer andar, lento y ambiguo, puesto que lidiamos con el muchas veces grotesco contraste entre nuestras expectativas y la realidad, lo que hubiera sido y lo que fue, la primavera que jamás llegó y la que nos tocó. Y, aunque parezca que no avanzamos y deseemos que se terminé pronto, resulta elucidante ese tramo al inicio.
No será embelesante como lo es naturalmente el idilio, pero al atravesarlo oteamos desde otra perspectiva los que somos, nuestra situación y lo que podemos hacer con respecto a esta.
A pesar de que vivamos en una sociedad obsesionada con el éxito y placer, en la que cualquier fracaso y zozobra son lo peor, sin ánimo de romantizar el desamor, es verdad que este también nos impulsa hacia adelante. Ya que, tras haber alcanzado un punto alto, quizás la cima, cuesta abajo experimentamos tamaño desencanto, por el cual procedemos a buscar formas de seguir de a poco, sin importar que no pasen de despropósitos para el resto.
Acontece que, sobre todo en ese periodo inmediatamente ulterior, la urgencia es mayúsculay el tiempo acumulado es insuficiente por sí mismo, y hacemos cosas como, por ejemplo, ir a la peluquería y solicitar un cambio de look atrevido, escribir nuestros pensamientos y a modo de ritual incinerarlos, tatuarnos ese verso que nos ha de recordar que somos alguien aquí temblando, o salir de noche con los amigos hasta el amanecer.
Y en esa búsqueda desarreglada, con todo y bizarros intentos como los mencionados, aprendemos una lección, pues nos ayuda a darnos cuenta de que: sí, eres capaz de seguir, siempre seguir.