Para la mayoría de nosotros, simples mortales, ganar un premio nunca ha sido algo mayor a que te salga el monito en la rosca de reyes o que te toque que pase el camión vacío cuando vas al trabajo, pero en el mundo de los que sí saben juntar letras, el Premio Xavier Villaurrutia es el “Oscar” de la literatura mexicana, pero con menos botox y más café soluble. Fundado en 1955, este premio no es cualquier cosa, es el reconocimiento que le dice al escritor: “Felicidades, ya no eres un diletante, ahora eres parte del inventario nacional”.
Por sus vitrinas han desfilado personajes que hoy son estatuas o nombres de calles: desde el laberíntico Octavio Paz y el siempre joven Juan Rulfo, hasta mentes brillantes como Elena Garro y Carlos Fuentes. Básicamente, si no estás en esa lista, ¿realmente escribiste algo en el siglo XX? En 1960, el jurado decidió que era hora de premiar a una mujer que no solo escribía bien, sino que incomodaba con una elegancia envidiable: Rosario Castellanos.
Rosario no era la típica intelectual de torre de marfil. Nacida en la CDMX pero chiapaneca de corazón y crianza, entendió antes que muchos que México son muchos Méxicos. Mientras otros se peleaban por ver quién era más existencialista, ella estaba ocupada diseccionando el machismo, el racismo y la hipocresía social.
Nos dejó joyas como Balún Canán, donde nos dio una cachetada de realidad sobre el mundo maya, y poemarios que te rompen el corazón y luego te lo pegan con pegamento blanco. Pero hoy vamos a hablar de otro libro, hoy celebramos Ciudad Real, el libro de cuentos que la consagró y que, honestamente, debería ser lectura obligatoria antes de que te dejen sacar la INE.
Ciudad Real (que es como se le decía antes a San Cristóbal de las Casas, para los que reprobamos geografía) es un conjunto de relatos que son como un tequila derecho: queman, pero te despiertan. Castellanos no nos vende la postal turística de Chiapas con filtros de Instagram. Aquí no hay “realismo mágico” buena ondita; lo que hay es un “realismo trágico” con una dosis de sarcasmo que te hace reír para no tener que llorar.
Rosarito Castellanos. Foto: INAHEl mérito del libro es que Castellanos logra algo casi imposible: retrata el conflicto entre el mundo indígena y el de los “ladinos” (los blancos/mestizos que se sienten la última coca cola del desierto) sin caer en sermones aburridos. Nos muestra cómo el lenguaje puede ser una celda y cómo el racismo no siempre es un grito, a veces es un silencio o una “atención” excesivamente educada que esconde un desprecio profundo.
Podríamos pensar: “Eso pasó en los 50, ya supéralo”. Pero la verdad es que Ciudad Real tiene más vigencia que el último meme viral. Ese clasismo que Castellanos describe, donde el color de piel o el apellido dictan quién tiene la razón, sigue vivito y coleando en nuestras oficinas, en los grupos de whatsapp de la condesa y en las políticas públicas.
El libro le dice a las nuevas generaciones: “Ojo, que la discriminación no se ha ido, solo se cambió de ropa”. Es una lectura necesaria porque nos confronta con nuestra propia sombra, pero lo hace con una maestría literaria que te mantiene pegado a la página. Es irónico, es doloroso y es, sobre todo, profundamente humano.
Así que, si quieren dejar de leer hilos de Twitter sobre “red flags” y prefieren entender de dónde vienen las verdaderas banderas rojas de nuestra sociedad, háganse un favor y consigan Ciudad Real, ahora que la editorial De Bolsillo tuvo el grandísimo tino de volver a editarlo. Rosario Castellanos les va a dar una cátedra de cómo ver el mundo y lo mejor es que no necesitan un doctorado para que les duela (y les guste) la verdad.