Octubre del 2024, Nueva York, intersección entre Fifth Avenue y West 33th Street, me acerco a preguntarle a una mujer vestida con un suéter beige dónde está el Empire State y a modo de respuesta señala arriba, volteo y allí lo encuentro. Sin embargo, tras la impresión de observar el rascacielos a pie de calle, se me presenta una extraña duda: ¿Hablé en inglés o español? Sin siquiera avisarlo, había cambiado de idioma de un instante a otro, automáticamente, y considero que ello es consecuencia de haber crecido en Tijuana, porque vivir en esta ciudad fronteriza es hacerlo entre lenguas.
New York, New York, Tijuana, aunque la urbe más poblada de Estados Unidos sea incomparable en cuanto a la variedad de idiomas con la nuestra, existe por lo menos una similitud. Aquí en el norte de México, lejos del ombligo del universo (CDMX), el continuado contacto con visitantes del país vecino a partir de la época de la prohibición, tales circunstancias propiciaron una especie de integración desde entonces. Fue de tal guisa que hoy en día el dominio del español no es indispensable para residir aquí. Por ejemplo, así como Christian, ecuatoriano que hace años está en Nueva York, cuyo trabajo consiste en dar recorridos turísticos en español, y vive en una zona de Queens donde se habla en su mayoría su lengua materna, comenta que, sin importar su dificultad para comunicarse en inglés, eso no representa un enorme inconveniente para transitar a diario, Tommy, estadounidense jubilado que reside en Tijuana, batalla poco y nada para realizar sus mandados cotidianos en un sitio en el que la dualidad lingüística se ha arraigado sobremanera.
Verdes, queríamos sus dólares verdes, lo que empezó como una oportunidad comercial, de crecimiento económico, degeneró en aculturación. Es decir, debido al encuentro entre dos culturas que ocurrió hubo múltiples consecuencias, modificaciones, entre ellas la instalación de un lenguaje no oficial en nuestra comunidad. Por doquier aparece el inglés, no por capricho, tampoco por casualidad, sino porque las características del entorno impactan en la población. En nuestro caso, fue el intercambio repetido e incansable lo que suscitó una transformación colectiva, nuestra adaptación a las circunstancias. Por tanto, en la actualidad abundan negocios que desde el mismo nombre lo utilizan y otros cuya actividad, en efecto, se beneficia directamente de salvar la barrera del idioma. En adición, retomando la comparación con La Gran Manzana, atisbarás tanto en el Bronx como en el centro de Tijuana farmacias con letreros bilingües, incluso algunas en las que se antepone la lengua alterna.
Por último, después de aproximadamente un siglo de choque cultural, también se ha provocado en nuestra lengua materna una alteración, aunque sea una sutil. Se vuelve aún más evidente para los foráneos. De hecho, muchos de ellos me lo han señalado: «Hablan raro en Tijuana». Además de que pululan en nuestras interacciones términos y expresiones sacados del inglés, se refieren a un tono, acento que tal vez por la costumbre no distinguimos. Vivimos inmersos en una realidad en la que día a día transitamos entre ambas lenguas, y sin notarlo con el tiempo se ha visto afectado un aspecto básico como nuestra habla local, tanto que emplear un híbrido entre español e inglés en cualquier instante, o bien, pasar de tajo de uno a otro, sean actos ordinarios.