Antonio Ortuño tiene una habilidad poco común en las letras hispanas: puede diseccionar la crueldad humana con la precisión de un cirujano y, al mismo tiempo, hacer que sueltes una carcajada nerviosa. Lo ha hecho durante años, consolidándose como uno de los narradores más punzantes de México. Desde la rabia contenida en El buscador de cabezas, hasta la sátira social corrosiva de La fila india o la oscuridad familiar de Olinka, su obra ha sido un mapa de nuestras miserias. Sin embargo, en su más reciente entrega, El amigo muerto, Ortuño parece haber encontrado un nuevo registro, uno donde la acidez se mezcla con una melancolía extrañamente luminosa.
La trama de la novela arranca con un motor clásico pero infalible: el reencuentro. Pero no es un reencuentro común. Un joven, List, recibe una madrugada un mensaje que lo obliga a mirar hacia atrás, hacia un pasado que creía haber dejado en el sótano de la memoria. El detonante es la muerte de un amigo, Carlitos, alguien que fue fundamental en su vida y cuya ausencia abre una grieta por la que se cuelan los recuerdos de algo que ya no existe o que al menos ya no le pertenece. Es una historia sobre el peso de lo que no se dijo y la forma en que los amigos que perdemos —ya sea por la muerte o por la simple erosión del tiempo— se convierten en los fantasmas que mejor nos conocen.
Lo que hace que El amigo muerto destaque no es solo “lo que cuenta”, sino “cómo lo cuenta”. El triunfo de la estructura sobre la trama. Aquí es donde brillan las virtudes técnicas de Ortuño. Con los recursos del mejor thriller, acompañamos a un grupo de amigos a desenterrar secretos y desenredar misterios. ¿Qué hay realmente detrás de esa muerte tan aparentemente accidental? Una bala perdida que puede no serlo. Cuando todo está en juego, aprendemos que la única forma de salir vivo, es arriesgarlo todo.
La prosa es, como siempre, económica pero cargada de intención. No sobra un adjetivo. Ortuño utiliza el diálogo para dotar a los personajes de una tridimensionalidad envidiable. Los amigos hablan como hablamos nosotros, con códigos compartidos, insultos que son muestras de afecto y esa ironía que sirve de escudo ante la vulnerabilidad. Además, hay un manejo magistral del ritmo narrativo: la novela avanza con una velocidad envidiable, pero sabe detenerse en los momentos precisos para ofrecer reflexiones profundas sobre la identidad y el paso del tiempo.
¿Dónde encaja esta novela en la obra de Ortuño? Si sus libros anteriores a menudo se sentían como un mazazo en la mesa para denunciar la violencia sistémica o la hipocresía de la clase media, El amigo muerto se siente como una conversación a media luz. Es una obra más íntima, quizá más madura, pero que no renuncia a la marca de la casa: ese humor negro que sirve para digerir las verdades más amargas.
Es fascinante ver cómo Antonio Ortuño ha pasado de ser el enfant terrible que denunciaba el horror del mundo exterior a ser un observador agudo del horror interior: el arrepentimiento, el duelo y la nostalgia. Esta novela se inserta en su bibliografía como la pieza que faltaba para humanizar aún más su universo. Sigue habiendo colmillos, pero esta vez muerden con una ternura inesperada.
No hace falta ser un experto en literatura contemporánea para disfrutar de este libro. Es, ante todo, una invitación a pensar en nuestros propios amigos muertos. Aquellos con los que dejamos de hablar tras una pelea absurda, los que se cambiaron de ciudad o los que, efectivamente, ya no están.
Antonio Ortuño ha escrito una novela que se lee de un tirón, que nos hace reír y que, al final, nos deja un nudo en la garganta. Es técnica pura puesta al servicio de la emoción. Si ya han leído alguno de sus libros anteriores, se sorprenderán de su capacidad de reinvención; si es su primera vez con él, es una puerta de entrada inmejorable a uno de los mejores escritores de nuestra literatura. No la dejen pasar: los fantasmas de Ortuño son de los que vale la pena conservar.