La educación es un proceso de formación integral. No se limita únicamente a la acumulación de conocimientos teóricos o a la obtención de certificados académicos; nos prepara como ciudadanos a través del desarrollo de habilidades sociales, de convivencia, valores, habilidades blandas y, por supuesto, competencias técnicas. Sin embargo, al final del camino educativo, todos compartimos una expectativa legítima: poseer la capacidad de desempeñar una actividad productiva que nos permita la subsistencia y alcanzar nuestros planes. Aspiramos a generar un beneficio real a la sociedad colaborando en empresas y en correspondencia recibir una remuneración digna que sustente nuestro proyecto de vida.
En mi columna anterior planteaba una interrogante fundamental: ¿desde qué edad debemos decidir nuestra carrera? Hoy, la reflexión la comparto desde la ejecución: ¿cuándo y dónde puedo obtener las habilidades laborales reales que mi carrera técnica y el mercado exigen? Aunque cada circunstancia personal es distinta, existe una realidad que he podido constatar a lo largo de los años: el Modelo de Formación Dual positivamente transforma vidas. Genera nuevas oportunidades no solo a los jóvenes sino a sus familias y su comunidad.
Para entender dónde estamos, debemos hacer algo de historia. El Modelo Dual llegó a México hace décadas de la mano de la industria alemana. No obstante, su formalización institucional en el sector público inició apenas en 2013, siendo el Conalep el subsistema pionero. Aquel esfuerzo, inicialmente nombrado Modelo Mexicano de Formación Dual (MMFD), fue impulsado por Coparmex, manteniendo vínculos estrechos con el gobierno alemán y también a través de la Agencia de Cooperación Alemana (GIZ), la Cámara Mexicano-Alemana de Comercio e Industria (Camexa) y otros organismos. Tuve el privilegio de vivir este proceso de cerca de 2015 a 2018 como presidente de la Comisión de Educación de Coparmex Nacional, donde fuimos testigos de la experiencia alemana principalmente del compromiso del sector empresarial en el estado de Baden-Wurtemberg.
La implementación ha sido un reto no solo jurídico, de coordinación y organizacional sino también cultural tanto en las familias como entre los empresarios. Es fundamental precisar que el Acuerdo Secretarial 06/06/15, publicado en el Diario Oficial de la Federación, fue el instrumento que estableció formalmente las bases operativas del modelo en nuestro país. Recientemente, este marco se fortaleció con el Acuerdo 12/03/23, el cual institucionaliza el Sistema de Formación Dual en la Educación Media Superior, otorgándole una estructura más clara y obligatoria para los subsistemas que lo integran.
Es muy importante reconocer el valor que en países desarrollados es incuestionable pero que en México sigue siendo una asignatura pendiente: el prestigio del profesional técnico. Debemos entender que el técnico se diferencia del universitario no por un rango de jerarquía o estatus, sino por ser una formación con objetivos y actividades distintas pero igualmente esenciales. Dignificar y valorar la carrera de los profesionales técnicos es vital para el crecimiento industrial de nuestra región y del país.
Ahora bien, ¿en qué consiste realmente? Para cursar una carrera técnica, el mejor mentor no es necesariamente el docente de aula, sino aquel que vive día a día la actividad que se busca certificar. Aquí radica la relevancia del modelo: los jóvenes se forman dentro de la industria o en la empresa, siguiendo un estricto plan de rotación. No es un esquema de observación; es un proceso de seguimiento puntual donde la evaluación no solo la hace la institución educativa, sino profesionales certificados bajo estándares internacionales. La formación dual es altamente exigente con la empresa, con los formadores y con los aprendices; es un sistema de rigor absoluto.
Una característica distintiva es que, en el nivel medio superior, los estudiantes suelen ser menores de edad que cursan su bachillerato simultáneamente. Esto requiere una alineación perfecta y la autorización de padres de familia, la flexibilidad de la legislación y las autoridades, las instituciones y las empresas, quienes forman un ecosistema de protección y aprendizaje. El alumno cursa sus asignaturas dentro de la empresa, siendo evaluado por sus formadores certificados directamente en el espacio laboral.
También es crucial clarificar qué no es formación dual. En la actualidad, muchas universidades e instituciones cuentan con programas de prácticas profesionales o estadías que, de manera errónea o publicitaria, denominan “formación dual”. Las prácticas profesionales son periodos cortos de vinculación donde el alumno asiste a la empresa a aplicar lo aprendido o a conocer el entorno. En cambio, en la formación dual, la empresa se convierte en la escuela. No es una visita; es una estancia de larga duración (en Alemania suelen ser tres años, en México año y medio) donde el programa académico se desarrolla en el proceso productivo real.
La iniciativa, el impulso y la principal responsabilidad del Modelo de Formación Dual es, o debería ser, de las empresas. Más que del gobierno, de los subsistemas educativos o incluso de las familias, son las industrias y en general el sector empresarial quienes haciendo un esfuerzo consciente, debemos habilitar espacios de aprendizaje y contar con personal capacitado para recibir a estos jóvenes.
Invertir en habilidades técnicas actualizadas y de vanguardia laboral se traduce en una formación más pertinente que genera arraigo, lealtad y oportunidades únicas para los aprendices. Aprendamos de las mejores prácticas de regiones industriales de países como Alemania.