Si pensabas que el retiro era para sentarse a ver cómo crecen las plantas, es que no vives en el universo de Élmer Mendoza. En su más reciente entrega, el padrino de la narcoliteratura nos demuestra que en México, tanto la juventud como la tercera edad son deportes de alto riesgo. La sirena y el jubilado no es solo un thriller; es un recordatorio sarcástico de que, en la política, los monstruos no están debajo de la cama, sino en las boletas electorales.
La trama gira en torno a Carmen Larrañaga, una mujer que ya gastó sus siete vidas antes de cumplir los treinta. Su historia es el pan de cada día en las notas rojas: vendida por su propio padre a un capo a cambio de una camioneta. Pero Carmen no nació para ser trofeo de nadie. Tras escapar del infierno regresa a Sinaloa con una idea tan noble como suicida: ser candidata a diputada para legislar en favor de las mujeres. Porque claro, ¿qué podría salir mal queriendo cambiar las reglas del juego en la tierra de los “tentáculos” invisibles?
Como el sistema político es un chiste de mal gusto (el “Partido Democrático del Pueblo Bueno” le da la espalda), Carmen se lanza como independiente y como en Culiacán los desacuerdos no se resuelven con debates, sino con plomo, termina con dos balazos en su primer mitin. Aquí es donde entra nuestro otro héroe: Néstor del Valle, un jubilado que solía cuidar museos y que ahora, por azares del destino y falta de presupuesto para seguridad privada, se convierte en el guardaespalda de la “sirena”. Néstor es la reivindicación de la vejez vigorosa; un hombre que, entre achaques y sabiduría de barrio, se enfrenta a escenarios donde la experiencia pesa más que un chaleco antibalas.
Elmer Mendoza tiene ese don —o maldición— de hacernos reír de la tragedia. La novela está empapada de un humor negro que te hace soltar una carcajada justo cuando los personajes están escondidos en un sótano esquivando a los sicarios de Vega Fernández (el candidato oficial con nexos muy oscuros).
El nuevo libro de Élmer Mendoza ya está en libreríasLa trama es una “intriga política” que se siente dolorosamente real. Es un desfile de eslóganes vacíos, corrupción descarada y la tenacidad de un grupo de mujeres que deciden que ya estuvo bueno de ser víctimas. Mendoza usa un tono casual y ameno, casi como si nos estuviera contando el chisme de la semana en una cantina de la avenida Álvaro Obregón, pero con la precisión quirúrgica de quien conoce cada grieta del poder en Sinaloa.
Dentro de la vasta obra del autor, La sirena y el jubilado se siente como una evolución necesaria. Si bien extrañamos las depresiones del “Zurdo” Mendieta de Balas de plata o la adrenalina de Nombre de perro, esta novela ocupa un lugar más social y reivindicativo. Es menos “procedural” y más “corazón expuesto”.
Dialoga directamente con El amante de Janis Joplin en esa capacidad de retratar la vulnerabilidad frente a la estructura criminal, pero aquí el enfoque es la política institucional (o lo que queda de ella). Es Mendoza diciéndonos que, aunque los héroes estén cansados (como Néstor) o heridos (como Carmen), la lucha por la dignidad es lo único que nos separa de convertirnos en estadísticas.
Si buscas una lectura trepidante que no te trate como si fueras lento, este es tu libro. Es una obra que se lee con la guardia en alto. El estilo de Elmer sigue siendo esa ametralladora de diálogos sin guiones que te obliga a estar atento, recordándote que en sus páginas, como en la vida real, el que parpadea pierde o acaba siendo candidato independiente.
Una novela necesaria para entender que en este país, a veces, la única forma de sobrevivir al sistema es tener a un jubilado con mucha maña cuidándote las espaldas.