Hay un momento extraño en el que un rostro deja de existir. Sigue respirando, sigue caminando, sigue hablando solo en una esquina, pero deja de ser visto. Se convierte en parte del mobiliario urbano, como un poste, una banqueta rota o un espectacular viejo.
Y eso debería asustarnos más que cualquier otra cosa.
No la droga, No la suciedad, No la locura…La indiferencia.
Porque una ciudad comienza a enfermar gravemente el día que deja de sorprenderse por el sufrimiento humano.
Los vemos todos los días. Caminan empujando un carrito que parece contener los últimos restos de una vida. Conversan con fantasmas que nosotros no alcanzamos a escuchar. Duermen sobre cartones mientras cientos de automóviles pasan junto a ellos con los vidrios cerrados y el aire acondicionado encendido.
Nos acostumbramos.
Y cuando el dolor deja de incomodarnos, deja también de parecernos urgente.
Es fácil decir que “son drogadictos”. También es cierto que muchas historias de vida quedaron atrapadas por las adicciones.
Pero reducir una persona a su consumo es tan cómodo como inútil. Detrás de muchos de esos cuerpos hay abandono, enfermedad mental, violencia, pérdidas, familias rotas y una comunidad que poco a poco aprendió a mirar hacia otro lado.
No todos llegaron por el mismo camino.
Pero casi todos terminaron en el mismo olvido.
Existe un falso humanismo que consiste en sentir lástima durante unos segundos y continuar el camino convencidos de que el problema es demasiado grande para nosotros. Y existe otro extremo: pensar que basta con esconder a quienes incomodan la vista para que la ciudad parezca más limpia.
Ninguna de las dos cosas resuelve nada.
Porque esconder la basura debajo del tapete nunca ha sido limpiar la casa.
Y esconder el sufrimiento tampoco ha sido sanar una ciudad.
Aquello que una sociedad rechaza con más fuerza suele ser aquello que menos ha resuelto de sí misma.
Quizá por eso los indigentes nos incomodan tanto. No solo porque nos confrontan con la pobreza o la adicción, sino porque funcionan como un espejo. Son la parte de la ciudad que nadie quiso cuidar. El abandono que primero ocurrió dentro de una persona y después terminó proyectado en una banqueta.
Los indigentes no son la enfermedad de Tijuana.
Son el termómetro.
Son el síntoma visible de algo que preferimos no diagnosticar.
Nos hablan de una salud mental fracturada, de adicciones que siguen creciendo y cambiando, de familias que no pudieron sostener a los suyos y de instituciones que muchas veces llegan demasiado tarde.
Pero también hablan de nosotros.
De la facilidad con la que una comunidad aprende a normalizar aquello que la debería sacudir.
Quizá por eso caminamos más rápido cuando pasamos junto a alguien que duerme en la banqueta. No porque nos dé miedo esa persona, sino porque nos incomoda la pregunta que trae consigo.
¿Qué tuvo que pasar para terminar aquí?
Y una pregunta todavía más difícil.
¿Qué tuvo que pasar con todos nosotros para dejar de hacer esta pregunta?
No existe una solución sencilla para un problema tan complejo. La adicción, la enfermedad mental y el abandono no desaparecen con discursos ni con buenas intenciones.
Pero tampoco desaparecen fingiendo que no existen.
Tijuana suele definirse como una ciudad valiente. Tal vez haya llegado el momento de demostrarlo.
Porque el valor no consiste en aprender a convivir con la tragedia.
Consiste en negarse a aceptarla como paisaje.
El día que una ciudad vuelve a mirar de frente a quienes había dejado de ver, empieza algo más importante que una limpieza urbana.
Empieza una posibilidad de recuperar su propia humanidad.