Hay personas llenas de saberes que empiezan a sentirse fuera del mundo por no entender una pantalla.
En los años que llevo acompañando, desde VisorLab, el crecimiento de empresas y proyectos creando entornos digitales, y también en mi trabajo con emprendedores desde ENBC, Escuela de Negocios de Baja California, he coleccionado horas y horas invertidas en diálogo sobre internet, comunicación, negocio, plataformas y valor. Pero, sobre todo, he acumulado horas tratando de entender qué significa habitar este tiempo.
Y me es profundamente evidente: estamos dejando atrás a personas inmensamente valiosas.
Personas con oficio, experiencia e intuición. Con una inteligencia práctica que no cabe en un tutorial. Personas que saben sostener un negocio, cuidar un proceso, leer a otros, resolver problemas reales. Personas con conocimientos inmensos que hoy empiezan a quedarse rezagadas, no por falta de capacidad, sino por no comprender el nuevo idioma en el que el mundo decidió organizarse.
Durante años se habló de brecha digital para nombrar la falta de acceso: no tener internet, computadora o un dispositivo. Y sí, aún sucede. Pero ahora abarca mucho más.
Hoy hay muchísimas personas que sí tienen acceso y, aun así, siguen estando fuera. Estoy segura de que todos conocemos a alguien que se quedó:
- Sin poder acceder a una clase.
- Sin poder agendar una cita.
- Fuera de una venta.
- Con un trámite “mal hecho”.
- Fuera de una conversación.
- Fuera, incluso, de la posibilidad de nombrar su propio valor en los espacios donde hoy circulan las oportunidades.
Ese es, para mí, el nuevo analfabetismo.
No se trata solamente de saber usar una aplicación. Se trata de comprender la lógica del entorno. De saber leer una interfaz, distinguir una fuente confiable, reconocer un fraude, proteger datos, entender una plataforma, moverse con criterio, con autonomía, con cierta paz.
Se trata de no tener que vivir el mundo digital como un territorio hostil al que se entra con miedo y del que se sale con vergüenza.
Porque esa es otra parte de esta historia: la vergüenza.
La vergüenza de preguntar, de no entender lo que está sucediendo en la pantalla, de sentir que todos avanzan menos uno. La vergüenza de pedir ayuda para algo que el resto del mundo parece resolver en automático.
No sólo estamos construyendo herramientas nuevas, también estamos produciendo nuevas formas de exclusión, formas silenciosas, elegantes, e incluso, disfrazadas de innovación. Exclusiones que no siempre se hacen evidentes, pero que alejan.
Cada vez convivo con personas valiosas que empiezan a sentirse torpes. Estar conectado no significa estar incluido, por ello hoy, no entender lo digital ya no sólo es una limitación técnica, es una forma de vulnerabilidad social.
Y no, no es un problema exclusivo de una generación.
Sí, hay adultos que sienten que la tecnología avanzó demasiado rápido, pero también hay jóvenes que viven dentro de plataformas que no entienden y consumen sin comprender, que publican sin medir las consecuencias, ocasionando además, daños en su salud mental.
Por eso me importa tanto defender la dignidad de aprender.
No podemos perder el DERECHO a no saber y la posibilidad de preguntar sin ser ridiculizados. Aprender no puede convertirse en una carrera contra la interfaz, sino una experiencia acompañada, humana, bonita.
En mi opinión, este tema no les pertenece solo a las escuelas, aunque tienen una responsabilidad enorme. También nos pertenece a quienes diseñamos plataformas, construimos marcas, creamos servicios, desarrollamos entornos virtuales, vendemos por internet y participamos activamente en esta transformación. Debemos preguntarnos con honestidad si estamos facilitando el acceso o solo construyendo entornos para unos cuantos. Si estamos acompañando o simplemente acelerando y cobrando. Si estamos abriendo puertas o enmascarando con diseño los mecanismos de exclusión.
Yo todavía quiero creer en la promesa de la tecnología.
Quiero creer que puede seguir siendo puente y una herramienta de autonomía, encuentro, expansión y comunidad. Quiero creer que no llegamos hasta aquí para producir un mundo donde solo participan plenamente quienes lograron aprender el idioma a tiempo.
Hoy los invito a:
- Explicar mejor.
- Diseñar mejor.
- Enseñar mejor y con empatía.
- Acompañar mejor.
Midamos el verdadero desarrollo no por la complejidad de nuestras plataformas, sino por nuestra capacidad de no abandonar a nadie mientras aprende a habitarlas.