De todas las formas posibles para destruirme la favorita es tomar Coca-Cola. Cuando me siento estresado me gusta ir al supermercado, comprar el refresco en botella de vidrio (tamaño mini) y gozar del sereno por la tarde.
El descuido de la salud parece inevitable. Hay quienes prefieren beber hasta emborracharse, pasar horas en redes sociales, no hacer ejercicio por meses, fumar cigarrillos afuera de los bares, ingerir comida chatarra o desvelarse en exceso sin razón.
Anoche, por ejemplo, llegué a casa después de un largo día de trabajo. Luego de alimentar a los gatos, abrí el refrigerador con la esperanza de hallar algo dulce y allí estaba el recipiente acostado. Llegó la hora de la autodestrucción.
No faltará quien me llame exagerado, pero eso más o menos todos lo saben. El daño que las bebidas azucaradas le hacen al cuerpo está estudiado. Los médicos prohíben los refrescos a los pacientes con diabetes, problemas del corazón y otras enfermedades.
Elegí un vaso pequeño para no beber tanto veneno, porque admito el pecado, pero conozco los límites de la culpa. Consumir azúcar en la noche dificulta el sueño, por eso la moderación. Sólo un trago, lo juro. Menos mal no tenía ron en casa, si no sería una cuba.
El primer sorbo fue el más placentero. Se me ocurrió preparar un sándwich de jamón. El platillo es fácil y sobre todo rápido. Recordé el anuncio en la televisión de la panadería mexicana del osito blanco. Pan, jamón y mayonesa, nada más.
Me senté en el sofá reclinable y entré a YouTube. El algoritmo eligió por mí. No sé cuál video reproduje, sólo quise olvidarme de mi. Distraer la atención de los pendientes laborales. Perder el control remoto de los deberes.
Bueno, ¿y por qué tanto drama por un vaso de soda? ¿No sería más fácil tomármelo y ya? Disfrutar de las burbujas en el paladar, mirar videos de Maradona en el mundial del 86 o escuchar la última crítica geopolítica de Alfredo Jalife en los noticieros españoles.
Yo no lo recuerdo, pero mi madre dice que en casa de la abuela me servían el elixir de la felicidad para consentirme. También me servían café en el biberón. Eso explicaría las dos tazas de hoy y la taquicardia. Mis hábitos de consumo son los recuerdos de la infancia.
Mi abuela materna era un personaje. Amaba tomar soda y mirar la tele. Los últimos años de su vida padeció demencia vascular. Olvidó casi todo: la coherencia en las palabras, el nombre de sus hijos y la ubicación de su caja de botones, pero nunca olvidó pedir Coca-Cola.
Tal vez se sienta identificada con la historia, querida lectora o lector, porque también adora los refrescos. No es mi intención elegir por su salud o decirle qué está bien y mal. Me limitaré a las confesiones: también soy una persona tratando de ser saludable.
La Coca-Cola está en todas partes. Un amigo mercadólogo dice que la compañía es experta en publicidad. Usaron a la Rosalía para promocionar el sabor a cherry, son los patrocinadores oficiales de la Copa del Mundo y es la bebida sagrada en los rituales de San Juan Chamula.
Según cifras de internet y la opinión pública, México es el país con más consumidores del “aliviane”, como le dicen en una taquería local. Se bebe en restaurantes, universidades, plazas comerciales y cines. ¡Hace años la bebíamos en bolsas de plástico!
Tomar Droga-Cola fomenta el saqueo del agua potable de nuestro país. Su consumo representa gastos de salud pública para la nación, además de promover la vida sedentaria, la enajenación política y las enfermedades crónico-degenerativas. ¡Ya bájale, Arnoldo!
Al final apagué el televisor, dejé el vaso vacío en el lavabo, me imaginé en la barra de un bar en el centro de la ciudad, cepillé mis dientes y me dormí satisfecho, rogando por un último trago de coca de vidrio con mi abuela.