Por fin sucedió. El jurado del Premio Alfaguara 2026 decidió en un momento de lucidez o quizás después de una dosis generosa de mezcal, otorgarle el galardón a David Toscana por su novela El ejército ciego. Ya era hora de que el mundo literario oficialista se rindiera ante el regiomontano, un autor que lleva décadas desafiando los límites de la moda y las tendencias de mercado.
David Toscana (Monterrey, 1959) es probablemente el menos “regiomontano” de los escritores regiomontanos. Mientras sus paisanos suelen obsesionarse con la frontera, el narco o el precio de la carne, Toscana se ha dedicado a fundar repúblicas imaginarias, a revivir a don Quijote en medio del desierto y a demostrar que la imaginación es el único refugio digno para quienes hemos perdido irremediablemente la fe en la realidad.
David Toscana en un. bar de MadridIngeniero de profesión —lo cual explica la precisión de relojero con la que construye sus historias—, Toscana abandonó las estructuras de acero por las de papel. Dicen, los que dicen que saben, que su carrera literaria comenzó en serio cuando entendió que la historia oficial no es más que una ficción mal escrita por los ganadores. Una anécdota que suele circular en los pasillos literarios es su peculiar relación con el éxito. Hace años, cuando un periodista le preguntó por qué sus personajes siempre estaban tan derrotados, él respondió con esa parsimonia cínica que lo caracteriza: “Porque la victoria es vulgar; solo los perdedores tienen historias que valen la pena contar”.
En El ejército ciego, Toscana nos entrega su obra más ambiciosa y, por ende, la más maravillosamente inútil, en el sentido de los que buscan una “utilidad moralina” en los libros. La premisa es una joya del absurdo: un batallón de soldados que no ven porque fueron cegados, liderados por un general que ve demasiado (o que quizás lo imagina todo), se lanza a una campaña militar en un territorio que nadie reconoce y por una causa que ya ni siquiera importa.
“Mientras sus paisanos suelen obsesionarse con la frontera, el narco o el precio de la carne, Toscana se ha dedicado a fundar repúblicas imaginarias”
La novela no es solo una burla a la milicia o al patriotismo de desfile: es una cachetada a nuestra propia ceguera cotidiana. Los soldados de Toscana no necesitan ojos para seguir órdenes, porque las órdenes son, por definición, ciegas. A través de un lenguaje que oscila entre lo poético y lo sardónico, el autor nos arrastra por un desierto de diálogos brillantes donde la lógica es el primer enemigo a destruír.
Su fantasia desbordada tiene linaje, porque Toscana, además del gran escritor que es, es un gran lector. Así como en su novela anterior, El peso de vivir en la tierra, nos recordó lo maravillosa que es la literatura rusa, en ésta uno no puede dejar de pensar en aquella trilogía alucinante de Italo Calvino (El vizconde demediado, El barón rampante y El caballero inexistente) y en El viaje del elefante de José Saramago.
Lo que hace que esta novela sea irresistible para el público general es que no intenta dar lecciones de moral. Al contrario, Toscana se regocija en la amoralidad del destino. Sus personajes son entrañables no porque sean héroes, sino porque son humanos en el sentido más patético de la palabra: tercos, soñadores y están profundamente equivocados.
Si usted busca una novela con “mensaje positivo” o un manual de autoayuda disfrazado de narrativa, huya de aquí. Pero si disfruta de ver cómo se desmoronan los mitos de la nación y la virilidad bajo el peso de la ironía, El ejército ciego es su próximo vicio; sí, porque una vez iniciada la lectura, esta novela no se suelta. Toscana logró lo imposible: que nos importe el destino de un grupo de hombres que no saben a dónde van, en un libro que, paradójicamente, nos deja viendo las cosas con una claridad aterradora.
Felicitemos juntos a Alfaguara por premiar, por una vez, carajo, a quien prefiere la sombra de la duda al brillo de las medallas. Lean a Toscana. No les prometo que serán mejores personas, es más, les aseguro que no serán mejores personas después de leerlo, pero al menos se reirán de las ruinas de quienes somos a carcajada abierto y no sin cierta culpa.
