El conflicto entre Estados Unidos e Irán ha vuelto a encender las alertas globales. Más allá de la narrativa geopolítica, hay un impacto inmediato que nos alcanza a todos, incluso a miles de kilómetros de distancia: el precio de la energía.
México no participa en este conflicto, pero sí resentirá sus efectos y la razón es simple: el petróleo sigue siendo un insumo estratégico global, y cualquier tensión en la zona del Golfo Pérsico genera presiones al alza en los mercados internacionales.
En el corto plazo, el gobierno mexicano ha contenido el impacto mediante estímulos al IEPS, amortiguando el golpe al consumidor. Sin embargo, como lo hemos dicho, esta estrategia no es sostenible. Si el conflicto se prolonga, el dilema será inevitable: o se incrementan los precios de la gasolina, o se sacrifica recaudación fiscal en un entorno ya de por si presionado.
Los escenarios son claros. En un contexto de tensión moderada, el aumento podría ser relativamente contenido, del orden de uno a dos pesos por litro. Pero si el conflicto se extiende durante semanas o meses, el impacto podría escalar a rangos de entre dos y cuatro pesos, e incluso más en un escenario crítico.
El impacto no es menor. El encarecimiento de los combustibles no solo afecta al automovilista; permea toda la economía. Se traduce en mayores costos de transporte, presiones en alimentos y, en consecuencia, un repunte inflacionario. A esto se suma la volatilidad cambiaria: en momentos de incertidumbre global, el dólar se fortalece y el peso tiende a debilitarse, encareciendo aún más las importaciones.
Paradójicamente, México también podría beneficiarse parcialmente por el alza en los precios del crudo, al ser exportador. Sin embargo, este efecto positivo es limitado frente al costo de importar gasolinas más caras y enfrentar un entorno económico global más débil.
Pero más allá de los mercados y las cifras, hay una dimensión que no debe perderse de vista. Detrás de cada escalada bélica hay un costo humano irreparable. Las tensiones prolongadas no solo desestabilizan economías; también afectan a poblaciones inocentes, que quedan atrapadas en medio del conflicto.
Por ello tanta presión para entablar la paz, las señales de negociación que han surgido en los últimos días son relevantes y, sobre todo, necesarias. Ojalá, ya que la diplomacia no solo es el camino deseable: es el único viable en un contexto donde las consecuencias de una escalada serían profundamente costosas, tanto en términos económicos como humanos.
México no entra la guerra, pero sí paga parte de la factura, observa desde fuera, pero no es ajeno. En un mundo interconectado, los conflictos lejanos tienen efectos cercanos. Y en este caso, el precio que pagamos puede medirse en pesos por litro, pero también en estabilidad económica y, lamentablemente, en vidas humanas e inocentes.