Hace unos días, el 11 de mayo de 2026, llegó a librerías Norteña. Memorias del comienzo, el primer libro de la cantante y compositora tijuanense Julieta Venegas.
El libro tuvo una publicación simultánea en varios países a través de editoriales independientes: Blatt & Ríos en Argentina, La Pollera en Chile, Laguna Libros en Colombia, Las afueras en España y Almadía en México. Esta edición simultánea transnacional e independiente fue lo primero que llamó mi atención.
Norteña forma parte del lanzamiento del álbum homónimo que se estrenó el 14 de mayo. Desde hace ya varios meses, en distintas intervenciones públicas, lives en Instagram y publicaciones en redes sociales, Julieta Venegas contó que su nuevo disco sería un homenaje a Tijuana, un regreso (a través de la música) a sus raíces norteñas.
A principios de la década de 1990, Julieta Venegas (de 21 años) dejó Tijuana y se trasladó a la Ciudad de México, donde su carrera como solista terminaría por consolidarse. En Tijuana formó parte de la banda Tijuana No!, en un momento en que la escena musical tijuanense comenzaba a diversificarse y se distinguía por su experimentalismo, su carácter underground y su politización.
Hace un par de años, Julieta Venegas visitó varias librerías independientes de Tijuana. Fotografías de ella posando junto a pilas de libros comenzaron a circular en internet; entre ellos podían verse títulos de escritores tijuanenses y bajacalifornianos.
En ese mismo momento comenzó a popularizarse el Goodreads de Julieta Venegas, donde incluso tiene una sección dedicada a libros de Baja California. Ahí aparecen títulos como Fray Junípero Sierra: civilizador de las Californias de Pablo Herrera Carrillo, Antología poética 1970-1983 de Rubén Vizcaíno Valencia, Transpeninsular de Federico Campbell, Todo es otro: a la caza del lenguaje en tiempos light de Heriberto Yépez, Capitalismo gore de Sayak Valencia y Entre el vacío y la orfandad: sociedad y prácticas culturales en Tijuana, 1942-1968 de Elizabeth Villa. Es una lista heterogénea que reúne desde exploraciones literarias e históricas de un territorio percibido como remoto hasta ensayos de crítica cultural y literatura fronteriza tijuanense.
Para Norteña, Julieta Venegas realizó un recorrido por la genealogía y la mitología de la literatura tijuanense: una genealogía, por cierto, siempre atravesada por la polémica.
Norteña es un libro breve. Está dividido en trece secciones escritas en forma de memorias. Julieta Venegas abre el libro con “Tijuana”, una escena de cruce fronterizo. En Norteña, Julieta Venegas explora su memoria familiar, sus recuerdos de Tijuana, sus inicios en la música y su vida en la Ciudad de México durante su trayectoria como solista. El libro mantiene un tono nostálgico, marcado por la idea del regreso y por una mirada retrospectiva hacia su vida en el norte de México.
Mientras leía Norteña, no pude evitar pensar en Nuestra Ítaca, la serie de textos de Federico Campbell sobre la idea clásica del regreso a casa y la memoria. La figura de Campbell ha encarnado una de las polémicas más recurrentes dentro de la literatura fronteriza tijuanense: la del escritor que se fue de Tijuana pero nunca dejó de escribir sobre ella.
La correlación entre Julieta Venegas y Federico Campbell me hizo pensar en Tijuana como espacio mítico: un lugar de origen y retorno. La literatura fronteriza-tijuanense es una mitología.
En “Urbana” (página 26), Julieta Venegas menciona a Heriberto Yépez y su idea de la frontera no como espacio de hibridación (en respuesta a Culturas híbridas de Canclini), sino como espacio de tensión donde los opuestos se enfrentan. Más adelante (página 31), Julieta Venegas cita un poema sobre el desierto de Rubén Vizcaíno Valencia y poco después (página 33) menciona a Fernando Jordán.
Estas menciones son momentos inusuales dentro del libro. En general, la voz narrativa de Norteña se mantiene en un registro personal y familiar. Por eso me resultó interesante que, de pronto, aparecieran Yépez, Vizcaíno y Jordán.
Al principio tardé un poco en procesarlo. Después entendí que lo que me desconcertaba era la convivencia de tradiciones intelectuales que históricamente han entrado en tensión: la del escritor fronterizo-tijuanense y la del escritor bajacaliforniano.
Yépez representa la forma más radical del pensamiento fronterizo contemporáneo: el posnacionalismo, la escritura desde Tijuana y la crítica a las definiciones externas de la frontera. En cambio, Rubén Vizcaíno Valencia formó parte de la generación de la “californidad”; su proyecto cultural estuvo marcado por el regionalismo que buscaba resistir la influencia cultural estadounidense sobre Tijuana. Luego aparece Fernando Jordán: el prototipo del escritor-explorador de las Californias, una figura asociada a la construcción mítica del paisaje bajacaliforniano.
Mientras leía Norteña, no pude evitar pensar en Nuestra Ítaca, la serie de textos de Federico Campbell sobre la idea clásica del regreso a casa y la memoria.
Y aunque en Norteña la figura del escritor fronterizo-tijuanense y del escritor bajacaliforniano no aparecen polemizadas y sus menciones son breves, no pude evitar imaginar la tensión entre ellas, incluso después de que desaparecen del resto del libro. Imaginé a esas dos figuras personificadas, luchando, resistiéndose a la armonía, como dos imanes que se niegan a unirse.
Me fascina la literatura fronteriza-tijuanense y la literatura bajacaliforniana porque son literaturas polémicas. Después entendí que aquello que irrumpía en mi lectura era el choque entre dos mitologías. Una tensión que todavía me inquieta.