La gente se conoce en la mesa. No en las redes sociales. No en los discursos. No en las buenas intenciones.
En la mesa.
Basta observar cómo alguien trata al mesero, cómo espera su comida, cómo resuelve un error o cómo agradece un vaso con agua para descubrir partes de su carácter que ningún currículum alcanza a describir.
La mesa siempre termina diciendo la verdad.
Y en Tijuana esa verdad empieza a preocuparme.
Tijuana se volvió una ciudad donde la gastronomía dejó de ser un oficio para convertirse en una profesión. Aquí los tacos comparten prestigio con los menús de degustación, y una carreta puede provocar la misma felicidad que un restaurante de manteles impecables.
Pero hay un ingrediente que se nos está quemando: El servicio.
No importa si te sirven caviar o una quesabirria. La experiencia siempre llega en manos de una persona.
Y últimamente pareciera que atender al cliente se volvió una ofensa personal.
Hay meseros que parecen estar haciéndote el favor de existir cerca de tu mesa. La sonrisa se volvió opcional. El saludo, un trámite. El “buen provecho” suena como si viniera acompañado de una multa.
Uno termina pidiendo otra servilleta con la misma culpa con la que antes pedía fiado.
Lo curioso es que la cortesía nunca ha sido un acto de sumisión.
Es un acto de inteligencia.
Porque servir no significa humillarse. Significa entender que durante un par de horas alguien puso en tus manos una parte de su tiempo, de su dinero y de su confianza.
Y eso merece respeto.
Me pregunto si esta apatía empezó mucho antes de llegar al restaurante.
Quizá comenzó en mesas más pequeñas.
En casas donde ya nadie saluda al levantarse. Donde dar las gracias parece anticuado. Donde pedir las cosas “por favor” dejó de enseñarse porque se asumió que el mundo ya lo haría por nosotros.
La educación nunca desaparece.
Solo cambia de escenario.
Lo que no se aprendió en el comedor de una casa termina notándose en el comedor de un restaurante.
Y no, no es un problema exclusivo de los jóvenes. También hay empresarios que olvidaron capacitar, reconocer y dignificar a quienes representan el rostro de su negocio. Un buen servicio no nace únicamente de la voluntad del empleado; también nace de una cultura que lo forma, lo respalda y le recuerda que la hospitalidad tiene valor.
Tijuana construyó buena parte de su prestigio recibiendo gente.
Turistas. Migrantes. Curiosos. Comensales.
La ciudad entendió hace tiempo que una buena comida hace regresar a un cliente.
Pero un buen servicio hace que recomiende la ciudad.
Por eso resulta tan extraño pagar precios de ciudad cosmopolita para recibir una atención que a veces parece de lunes por la mañana después de un domingo muy largo.
La cortesía no encarece un platillo.
Pero su ausencia puede salir carísima.
Porque los restaurantes no solo venden comida.
Venden recuerdos.
Y uno siempre vuelve al lugar donde, además de comer bien, lo hicieron sentirse bienvenido.
Quizá por eso el viejo dicho sigue teniendo razón.
Una mesa nunca Sirve únicamente comida, Sirve educación, Sirve respeto, Sirve la historia de una familia, Sirve la cultura de una ciudad.
Y eso, aunque no aparezca en el menú, siempre termina siendo lo más memorable.