En el marco de día del contador en Mexico recordamos que el 25 de mayo de 1907, Fernando Díez Barroso sustentó el primer examen profesional de contaduría en México y recibió el título de Contador de Comercio, inaugurando formalmente una profesión que hoy resulta indispensable para la vida económica del país. Ciento diecinueve años después, esa profesión enfrenta uno de sus momentos más complejos y, al mismo tiempo, más necesarios.
Cuando el contador público ejerce en el ámbito público, es el primer filtro entre el dinero de los ciudadanos y quien lo administra. Es quien firma, quien certifica, quien valida. Y en un país donde los recursos mal ejercidos rara vez encuentran consecuencias, esa firma tiene un peso moral enorme.
Durante más de dos décadas, México construyó una estructura institucional de rendición de cuentas relativamente sólida. La Auditoría Superior de la Federación fiscalizando el gasto federal. El INAI garantizando el acceso a la información. Los órganos locales replicando ese modelo en los estados. Esa estructura vivió su reconfiguración más drástica en las últimas dos décadas cuando, en diciembre de 2024, se eliminaron los órganos autónomos encargados de garantizar la transparencia, incluido el INAI. En su lugar, la nueva Ley General de Transparencia transfiere esas funciones a diversas dependencias gubernamentales, incluyendo un nuevo órgano desconcentrado denominado “Transparencia para el Pueblo”.
El debate sobre si ese cambio fortalece o debilita la rendición de cuentas está abierto. Lo que no está en debate es que, en cualquier esquema institucional que exista, alguien tiene que producir la información financiera que hace posible fiscalizar. Ese alguien es, casi siempre, un contador público.
La ética es la columna vertebral. La ética casi siempre empieza en el escritorio del contador que decide no maquillar un estado financiero, que se niega a validar una partida que no cuadra, que documenta lo que otros preferirían que no quedara escrito. En el sector público, esa decisión cotidiana es un acto cívico.
El contador ha pasado en menos de dos décadas de elaborar declaraciones en papel a operar un ecosistema digital de cumplimiento que incluye CFDI 4.0, complementos de pago, plataformas nacionales de transparencia y validaciones cruzadas. La complejidad técnica crece. Y con ella, la responsabilidad.
La rendición de cuentas no es un slogan político. Es, antes que nada, un número bien registrado, una conciliación honesta, una firma que resiste cualquier revisión. Es, en suma, el trabajo de todos los días de una profesión que México no puede darse el lujo de ignorar.
Que los sistemas cambien, que los órganos desaparezcan o se transformen, que la tecnología reescriba los procesos: todo eso es inevitable. Lo que no puede cambiar es la convicción de quien tiene en sus manos la información que pertenece a todos. Hoy, más que nunca, México necesita contadores que entiendan que su mayor activo no es técnico, es ético.