Si decimos “Julieta Venegas”, lo más probable es que nuestro cerebro empiece a reproducir en automático una voz, una canción y acaso un acordeón. Es normal, es cultura general. Pero resulta que la tijuanense no solo sabe hacer canciones: también sabe escribir y además lo hace muy bien. Con su libro Norteña, Julieta se baja del escenario, apaga el micrófono y se sienta con nosotros a tomar un café para contarnos cómo se construyó su mundo.
No se asusten, esto no es una biografía académica aburrida llena de fechas, datos técnicos de grabación ni nombres de productores que solo les importan a los melómanos más intensos. Norteña es en realidad un mapa de emociones. Es una colección de crónicas, reflexiones y notas de viaje en donde la artista nos abre la puerta a su privacidad sin pretensiones, con una honestidad que a veces se siente como el abrazo de una vieja amiga y otras como un viento frío de la frontera.
El eje central del libro —como bien lo grita el título— es el norte. Julieta nos lleva de la mano por una Tijuana que no es la que sale en las noticias de nota roja, sino la Tijuana de los años 80 y 90: una ciudad vibrante, extraña, caótica y llena de mezclas culturales. Nos habla de crecer entre dos mundos, cruzando la línea hacia Estados Unidos para comprar discos o ropa usada, mientras del lado mexicano se cocinaba una identidad musical única.
Lo divertido del asunto es que Venegas escribe como habla. Su tono es relajado, conversacional y tiene ese humor sutil de quien ya mira los dramas de su adolescencia con una sonrisa de “¡madre mía, lo que hacía por convivir!”. Te cuenta desde sus primeros acercamientos fallidos con el piano clásico —donde la disciplina estricta casi la hace tirar la toalla— hasta el momento iluminador en que descubrió que el acordeón, ese instrumento que muchos asociaban solo con la música norteña de cantina, podía ser su boleto de oro para expresar el pop melancólico que llevaba dentro.
Norteña ya está en librerías.Lo más valioso de Norteña es que no necesitas ser un erudito musical para disfrutarlo. De hecho, si lo tuyo no es la lectura pesada, este libro es un oasis. Julieta divide sus relatos en capítulos cortos, casi como si fueran los “tracks” de un disco. Nos habla de sus lecturas favoritas (porque es una lectora voraz, un dato que quizá no todos sabían), de la maternidad, del miedo al vacío antes de componer y de cómo es envejecer en una industria que vive obsesionada con la eterna juventud.
Hay una vulnerabilidad maravillosa en sus páginas. No se vende como la “estrella de rock” glamurosa que lo sabe todo, al contrario, se muestra llena de dudas, como cualquiera de nosotros un domingo por la tarde pensando en el rumbo de su vida. Esa falta de ego tóxico es refrescante en un mundo lleno de influencers que se asumen filósofos modernos.
Lo divertido del asunto es que Venegas escribe como habla. Su tono es relajado, conversacional y tiene ese humor sutil de quien ya mirá los dramas de su adolescencia con una sonrisa de “¡madre mía, lo que hacía por convivir!”.
Para acabar pronto, Norteña es un viaje al revés de la trama. Si tienen curiosidad por saber cómo una chica tímida de la frontera terminó revolucionando el pop en español, aquí tienen la respuesta, contada por ella misma sin filtros de relaciones públicas. Y si no les importa tanto su música, léelo igual: es una bellísima carta de amor a la nostalgia, a las raíces y al arte de buscarse la vida.
Búsquense un rincón cómodo, con un disco de fondo (que perfectamente puede ser Norteña) y déjense llevar por esta travesía norteña. Les prometo que van a terminar el libro sintiendo que Tijuana queda un poquito más cerca y que Julieta Venegas es, oficialmente, su nueva mejor amiga de la literatura.