Nunca sabes quién te hará un favor. Menos quién cuidará tu vida o la de algún ser querido enfermo. Decir que el estudiante nefasto de medicina salvó a mi abuela es mucho, pero calmó la desesperación de la familia.
Pongamos que hablo de Charly. No quiero revelar el nombre del interno de la Clínica 20 por privacidad. La anécdota fue hace varios años. Quizás para él fue irrelevante. Para mí, su acción fue un gesto de humanidad inesperado y una lección de vida.
Subí a la sala de recuperación porque debíamos sacar a la abuela del hospital. Se necesitaban a dos hombres fuertes (por indicación de enfermería) para mover a la paciente, de la cama a la silla de ruedas y después al automóvil. Me ofrecí o me ofrecieron, la misión parecía fácil.
La puerta del ascensor se abrió y caminé hasta la cama por intuición. El piso parecía vacío: ni enfermeros, ni médicos, sólo pacientes. Eventualmente hallé la habitación de mi abuela Cesárea. Daba la impresión de estar desorientada, luego de la cirugía de riñón.
Pregunté a Cesárea cómo estaba y respondió disparatada. El efecto de los fármacos la puso en otro lado. Recordé el propósito de la visita: llevarla al auto, sana y salva. Busqué en la habitación una silla de ruedas, muletas o camillas y no encontré nada para moverla.
Había escuchado las historias acerca de cómo funcionan los hospitales públicos: “no hay personal”, “tienes que arreglártelas tú solo”, “si quieres que algo se haga tienes que ponerte las pilas” o “debes tener palancas”.
Después de un rato salí por ayuda. Me sentí en Comala de Juan Rulfo. Los pasillos largos y la falta de señalética aumentaron la angustia. ¿Cómo sacaremos a la abuela de aquí? ¿No debería quedarse más tiempo? ¿Y si se nos cae en el camino? ¡Ni lo mande dios!
Encontré una sala con un grupo de médicos dentro. Parecía la hora del almuerzo por la algarabía, pero no lo sé. Asomé las narices por los ventanales y allí estaba Charly, hablando con los amigos frente al ordenador, quise pensar, sobre algún caso clínico.
Se preguntarán, queridas y queridos lectores, ¿quién es Charly? ¿Qué te hizo el pobre? Me caía mal. No me hizo nada, pero en la Facultad se comportaba como un total desubicado. Era amigo de un grupo de estudiantes de medicina que nadie toleraba por calamitosos.
Ninguno volteó a verme excepto Charly. Se acercó a la puerta y dijo: “¿Orlando?”. Me cambiaron el nombre mil veces, Arlondo, Arnulfo, Ornaldo o Ronaldo. Por irónico que parezca, el intento por reconocerme fue alentador.
Me sorprendieron dos cosas. Primero, que Charly me reconociera, nunca me saludó en la universidad. Además, casi le atinó al nombre. No negaré que “Orlando” es parecido a “Arnoldo”. Esperé lo peor de él y me entregó un anagrama con mi nombre.
La segunda sorpresa vino cuando preguntó “¿cómo puedo apoyarte?”. Le expliqué la situación como pude, sin tantos detalles y siendo muy concreto: mi abuela salió de cirugía y debemos llevarla al automóvil. “Vamos para allá”, respondió.
Me adelanté a la habitación con Cesárea. Charly llegó varios minutos después. Tomó la tabla con el expediente durante un momento y dijo “tu abuela estará bien”. Se me hizo el nudo en la garganta. Hizo varias recomendaciones para el cuidado de la paciente y salió.
La atención de Charly fue precisa y me dio calma. La familia no recibió orientación de nadie hasta toparnos con la disponibilidad, profesionalismo y sensibilidad del nefasto de medicina. Regresó con un par de camilleros y la salida de la paciente continuó.
La abuela se recuperó de la cirugía. Vivió varios años más. De Charly no supe nada, creo que se graduó. Un doctor de la Facultad recuerda al estudiante por desobediente. Yo lo recuerdo por darle esperanza a mi familia. Me siento muy agradecido con él.
Nunca sabes quién te hará un favor. El estudiante nefasto de medicina me dio una gran lección de humildad. La cultura de la salud también se trata de la solidaridad, el respeto y el agradecimiento.
Gracias, Charly, aquel día fuiste un héroe para mí.