El 11 de marzo de 2026 Seix Barral publicó Donde termina el verano de la escritora mexicalense Elma Corrrea (1980). En febrero de 2026 se anunció que la novela había ganado el Premio Biblioteca Breve 2026 y lo primero que llamó mi atención fue que se le describiera como “una gran elegía fronteriza”. Hasta entonces, Elma Correa no había definido su literatura como fronteriza. Un par de semanas después la novela ya estaba en las cadenas libreras y, durante un viaje, comencé a leerla en la carretera hacia Mexicali, la ciudad fronteriza donde se sitúa la novela.
Días después del anuncio del premio se desató una polémica. Comenzó a difundirse en redes sociales que en junio de 2025 Elma Correa firmó un contrato de publicación con el Grupo Editorial Planeta. Así que resultó sospechoso que pocos meses después obtuviera el premio convocado por Seix Barral, un sello editorial de Grupo Planeta. Internautas cuestionaron los nexos de poder y los intereses involucrados en el Premio Biblioteca Breve 2026, algunos dijeron que se trataba de una farsa.
Donde termina el verano narra la relación entre Elisa y Aimé, dos amigas que crecen juntas en Mexicali, en una colonia periférica donde comienzan a desaparecer niños. Elisa abandona la ciudad para continuar su formación como atleta profesional. Dos décadas después, las amigas se reencuentran. La novela tematiza la violencia estructural, la precariedad y el misterio del robo de niños en la frontera entre Mexicali y Calexico.
Anteriormente Elma Correa publicó los libros de cuentos Que parezca un accidente (2018), Mentiras que no te conté (2021) y Llorar de fiesta (2022). En estas obras previas, Elma Correa había eludido mencionar de forma directa la frontera México-Estados Unidos. Recuerdo que en uno de sus cuentos, Elma Correa criticó la figura del escritor fronterizo y el uso del spanglish; elementos que, paradójicamente, ahora aparecen en esta novela.
Rechazar o ignorar lo fronterizo es, en realidad, lo común entre escritores del norte de México. Pero generalmente terminan tomando el tema y la etiqueta cuando lo fronterizo se vuelve conveniente y, sobre todo, capitalizable. Creo que parte de este rechazo a lo fronterizo se debe a una cuestión generacional. Tendemos a querer romper con lo anterior. El boom de la literatura fronteriza sucedió, sobre todo, con la Generación X. Y Elma Correa forma parte de la generación posterior, los Millennials.
En la última década, principalmente después del segundo mandato de Donald Trump, las fronteras se encuentran en el centro de la geopolítica. Lo fronterizo ha vuelto a cobrar importancia. La frontera Rusia-Ucrania, la de Israel-Palestina y la de México-Estados Unidos se discuten diariamente en redes sociales y medios de comunicación.
Durante toda la lectura tuve la sensación de estar leyendo un borrador, con errores de estilo y una prosa genérica. Literariamente, Donde termina el verano está mal escrita. Recordé que después de haber ganado el Premio de Cuento Amparo Davila en 2022, Elma Correa declaró en una entrevista que podría escribir todo el tiempo libros ganadores de premios literarios.
Al leer Donde termina el verano, tuve la impresión de que se trataba de una obra concebida de manera complaciente, como una escritura que se sabe premiable desde el primer momento y que no requiere proceso de revisión. La prosa me pareció soberbia, pero no en un sentido estético. Es como si a la novelista o la editorial, ¿y a los lectores?, no importara cómo está escrita. Una literatura sin literatura.
La descripción del espacio fronterizo en Donde termina el verano se siente artificial. La frontera no se percibe como un lugar particular, sino como un espacio digerible para los lectores.
Es inevitable contrastar Donde termina el verano con novelas como Huesos en el desierto de Sergio González Rodríguez, 2666 de Roberto Bolaño, Temporada de huracanes de Fernando Melchor, Desierto sonoro de Valeria Luiselli y Casas vacías de Brenda Navarro. Con estas lecturas en mente, no pude evitar pensar que la novela de Elma Correa está detrás de la literatura contemporánea que ha explorado la violencia, el tráfico de personas y la pobreza en México-Estados Unidos.
La novela de Elma Correa demuestra como lo fronterizo en la literatura puede activarse de manera estratégica. Lo fronterizo deja de ser una escritura que resiste al centro del país y que experimenta con la forma y los géneros literarios. Lo fronterizo se convierte en un proyecto coyuntural del mercado editorial.
Las reseñas que han aparecido sobre Donde termina el verano no parecen críticas o periodismo real. Parecen parte de la mercadotecnia editorial detrás de la novela.
La descripción del espacio fronterizo en Donde termina el verano se siente artificial. La frontera no se percibe como un lugar particular, sino como un espacio digerible para los lectores.
Lo que me gustó de la novela es que se sitúa en Mexicali-Calexico, un espacio poco explorado en la narrativa fronteriza. Me resulta interesante la aparición de una novela como Donde termina el verano porque pone en discusión el concepto de literatura fronteriza, justo en un momento en que lo fronterizo se encuentra en el centro de la atención global. Creo que el cambio de posición de Elma Correa muestra cómo se construyen muchas veces las literaturas desde el mercado.
La novela de Elma Correa demuestra que lo fronterizo no se ha superado. Creo que es un buen momento para repensar lo fronterizo.