Hubo un tiempo en que Tijuana olía a cerveza derramada, humo de cigarro y perfume barato.
Era identidad.
La ciudad empezaba a respirar cuando bajaba el sol. Como si el día fuera un trámite burocrático y la verdadera personalidad de Tijuana apareciera hasta que los anuncios de neón encendían sus párpados.
La Coahuila era una novela.
La Revu era un desfile.
La Sexta era un laboratorio social.
Y las barras… las barras eran consultorios donde uno iba a curarse de la vida con una canción de rocola y una cerveza demasiado fría para tantas conversaciones calientes.
Había algo profundamente democrático en aquellos lugares.
Un carpintero podía discutir de música con un burócrata.
Un músico terminaba brindando con un taxista.
Un estudiante se enamoraba de una mujer que jamás volvería a ver.
Todos mezclados.
Como un pico de gallo humano.
Chile, tomate y cebolla.
Cada quien con su historia, su acento, su tristeza y su manera de desafinar cuando sonaba “Just Can’t Get Enough”, “Lobo Hombre en París” o cualquier canción ochentera que misteriosamente seguía sonando como si el tiempo hubiera decidido estacionarse en 1987.
Nunca entendí por qué Tijuana desarrolló semejante obsesión por los ochenta.
Quizá porque fueron los años en que la ciudad terminó de inventarse.
O quizá porque las canciones viejas tienen la costumbre de hacernos creer que nosotros también seguimos siendo jóvenes.
Las rocolas eran los algoritmos antes de que existieran los algoritmos.
Solo que ahí las canciones no las elegía una inteligencia artificial.
Las elegía el borracho más sentimental del lugar.
Y casi siempre acertaba.
La noche tijuanense nunca fue elegante.
Era hermosa precisamente porque era contradictoria.
Había poesía y pleitos.
Jazz y banda.
Tacones altos caminando sobre banquetas rotas.
Artistas compartiendo barra con policías.
Predicadores pasando frente a prostíbulos.
La ciudad nunca intentó esconder sus contradicciones.
Las convirtió en paisaje.
Hoy la noche se siente distinta.
Los vasos cambiaron de forma.
Muchos cambiaron la cerveza por un café de especialidad.
La barra por una mesa junto a un enchufe.
Las conversaciones interminables por una fotografía del latte.
No digo que esté mal.
Solo digo que la ciudad cambió de combustible.
Antes la cafeína aparecía al final de la noche.
Hoy aparece antes de que empiece el día.
Quizá las nuevas generaciones ya no necesiten perderse para encontrarse.
Quizá ya no busquen respuestas en una barra iluminada por neón.
Y eso también habla de una ciudad que sigue transformándose.
Pero a veces me pregunto qué pasará cuando desaparezcan los últimos lugares donde todavía cabe una rocola, una cerveza sudando sobre la madera y una conversación entre completos desconocidos.
Porque las ciudades no solo se construyen con edificios.
También con rituales.
Y sentarse en una barra sin mirar el reloj era verdadera liberación.
Tal vez el futuro de Tijuana huela a café recién molido.
Y eso no tiene nada de malo.
Solo espero que, entre tanto espresso y tanta prisa por vivir sano, no olvidemos que hubo una época en la que esta ciudad aprendía a conocerse alrededor de una barra, con una cerveza en la mano, un neón encendido sobre la cabeza y una canción de los ochenta recordándonos que, por unas horas, todos pertenecíamos al mismo lugar.