Hay algo que me preocupa profundamente, y no tiene que ver únicamente con las cifras de inseguridad o con los hechos violentos que todos los días ocupan los titulares. Me preocupa que, poco a poco, nos estamos acostumbrando a la violencia.
Nos hemos acostumbrado a escuchar sobre homicidios como si fueran una estadística más. Vemos peleas en las escuelas y pensamos que “siempre ha pasado”. Leemos sobre violencia familiar, abuso infantil o agresiones contra mujeres y, muchas veces, al día siguiente la noticia ya fue reemplazada por otra. Vivimos tan expuestos a la violencia que, sin darnos cuenta, hemos comenzado a normalizarla.
Y eso quizá sea uno de los mayores riesgos que enfrenta nuestra sociedad.
Porque la violencia no comienza con un delito de alto impacto. Empieza mucho antes. Comienza cuando dejamos pasar una humillación porque “era una broma”. Cuando justificamos un grito porque “estaba enojado”. Cuando minimizamos el acoso escolar diciendo que “así son los niños”. Cuando un padre deja de involucrarse en la vida de sus hijos. Cuando el respeto deja de formar parte de la convivencia cotidiana.
La violencia también está en las palabras, en la indiferencia, en el abandono y en la falta de empatía.
Como abogada, con frecuencia veo las consecuencias de esa violencia cuando ya llegó a los tribunales. Veo familias completamente fracturadas, niñas y niños atrapados en conflictos que nunca debieron vivir, personas que fueron víctimas de agresiones que pudieron prevenirse mucho antes. Pero también, como madre, me pregunto qué estamos enseñando a nuestros hijos cuando dejamos de indignarnos frente a estas conductas.
Porque nuestros hijos aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos.
Si crecen viendo que insultar es normal, que resolver los conflictos mediante la agresión es aceptable o que la violencia forma parte de la vida diaria, difícilmente construiremos una sociedad distinta en el futuro.
Por eso estoy convencida de que la seguridad no comienza en una patrulla ni en una fiscalía. Comienza en casa. Comienza cuando enseñamos respeto, cuando ponemos límites, cuando aprendemos a dialogar y cuando entendemos que educar también es formar ciudadanos.
Por supuesto que las autoridades tienen una enorme responsabilidad. Les corresponde prevenir, investigar y sancionar los delitos. Pero sería un error pensar que toda la solución depende del gobierno. La construcción de una sociedad pacífica también comienza en nuestras decisiones cotidianas, en la forma en que educamos, convivimos y resolvemos nuestras diferencias.
No podemos permitir que la violencia deje de sorprendernos. El día que eso ocurra, habremos perdido mucho más que la tranquilidad; habremos perdido nuestra capacidad de reconocer que algo está mal.
Estoy convencida de que todavía estamos a tiempo. Todavía podemos recuperar la cultura del respeto, del diálogo y de la empatía. Pero para lograrlo, primero debemos dejar de normalizar aquello que nunca debió parecernos normal.
Porque una sociedad que se acostumbra a la violencia termina aceptándola. Y una sociedad que la acepta, difícilmente podrá construir la paz que tanto anhela.