Casi nadie resiste al antojo del cigarro. Los amigos interrumpen la conversación para salir a fumar. En la calle te preguntan “¿tienes encendedor?” y respondes “no tengo” con lástima, porque entiendes el sufrimiento. Los más desgraciados recogen las colillas del suelo.
El clima estaba perfecto para fumar. Tomar la cajetilla del abrigo y golpearla con fuerza contra la palma de la mano. Sacar el tabaco y llevármelo a la boca. Buscar el fuego en el bolso y darle cuerda al vicio.
No encendí el cigarro porque no tengo, pero reproduje Un misil en mi placard de Soda Stereo. La canción del MTV Unplugged me hizo sentir las bondades del humo: la contemplación del pensamiento, la respiración profunda y la suspensión de la vida cotidiana.
Paró la lluvia. Salí al estacionamiento y bajé decenas de libros de la cajuela del auto. Di varias vueltas, fue una gran donación para la librería. El gato blanco de la casa no paró de maullar en la ventana. La canción siguió en el fondo. El antojo no paró.
Me resistí tanto, querida lectora o lector, de subir a la habitación, abrir el cajón del buró y buscar una colilla por ahí, escondida entre los anillos, las pulseras, monedas americanas que ya ni los taxistas aceptan, viejas fotografías, cartas de amor o púas para la guitarra.
Mejor me concentré en los libros. ¿No puedo disfrutar de la soledad y la lluvia sin recurrir a la destrucción? Puedo estar tranquilo sin la nicotina y los miles de químicos del cigarro. Algún día dejaré de romantizar las adicciones.
Yo no fumo o eso digo. A veces miento y digo que puedo contar las veces que he fumado. No es verdad. Soy fumador social u ocasional. La última vez que fui al médico le advertí que quizás fumé dos cigarrillos el último año. A veces conviene olvidar algunas cosas.
Fumar mata. No lo digo yo, lo dice el empaque del veneno: ratas podridas, órganos en mal estado, pacientes desahuciados, malformaciones en las extremidades y hasta un niño recostado en un lecho de alquitrán. A nadie parece importarle las imágenes en la tapa.
El cigarro es parte de la cultura mexicana. Crecimos con las bocanadas de María Félix y el puro en la mano del Profesor Jirafales. El tabaco es el símbolo de la elegancia y la desesperación. Los niños jugamos a fumar con los cigarros de chicle en la tienda.
Recordé el último cigarro. Fue una ocasión especial, una recompensa. Cuatro amigos disfrutando de una velada con mezcal, delirando entre libros en la mitad de la noche. Era el clima perfecto para fumar. Me resistí una vez más.
Según la inteligencia artificial china, el tabaquismo en México ha bajado por las campañas de salud. En la segunda mitad del siglo XX, el cigarro estaba menos regulado que ahora. Las campañas antitabaco disminuyeron la presencia de los fumadores en el país.
Ya no se puede fumar en todos lados. Las calles, las escuelas y los establecimientos son espacios 100% libres de humo. Sin embargo, las fumadoras y fumadores siempre encuentran el rincón perfecto para fumarse uno con los amigos.
Llámenme loco, pero algo tienen los fumadores de atractivo. Tal vez el discurso: “ya no voy a fumar” o “dejé el cigarro”. Hace un par de años, una chica me recomendó fumar para tener más estilo. No obedecí, pero admito que lo consideré seriamente con tal de gustarle.
Llegó la hora de dormir. Terminé con los libros y vencí el deseo de fumar. No sé si eso me hace mejor persona o no. De lo que sí estoy seguro es que no fumar me hace menos cool para muchos, un precio que no sé si estoy dispuesto a pagar. Querido lector: no fume.