Tras el confinamiento causado por la pandemia, los bares en Tijuana reabrieron sus puertas en el año 2021 con la condición de que las cerraran a medianoche. Todos cumplían, excepto uno, El Clandestino, sito en Plaza del Zapato, donde recalábamos quienes queríamos seguirla hasta que el cuerpo aguantara. Allí, mesas en rededor de la pista, cubierta esta por un charco renegrido de cerveza, el cual no era óbice suficiente para los que nos tocó alcanzar la mayoría de edad en pleno encierro, ya que poblábamos cada rincón del establecimiento, removíamos las aguas negras en el suelo y sacábamos los pasos prohibidos. Sí, en efecto, suena como el peor lugar para bailar en la ciudad, pero durante largos meses habíamos comprobado que, en realidad, peor era nada. Y entre todos los asistentes regulares de aquellas madrugadas, se destacaba un muchacho que sin falta sacudía las caderas, despreocupado y desprovisto de compañía, y nos incitaba al resto a perder el pudor y soltarnos mediante su descoordinado bamboleo. En estos tiempos, en los que el éxito es la exigencia y, por tanto, rendir siempre al máximo nivel es una obligación, la falta de pericia en cierta actividad basta y sobra para evadirla por completo; sin embargo, ese recato al ridículo o al fracaso nos priva de disfrutar de lleno el momento presente, como lo hacía él bailando solo.
Hoy en día, conscientes de la brevedad de nuestro paso en este mundo y de que nuestras energías son limitadas, e influidos por el culto al éxito instaurado en nuestra sociedad, cada acto es sometido a la misma interrogante: «¿Por qué intentarlo si no voy a ser el mejor o siquiera bueno?». En consecuencia, con esta mentalidad, cada instante lo vivimos como los caballos en las carreras, es decir, con anteojeras que limitan nuestra perspectiva y, asimismo, actuar. Nos encapsulamos en lo nuestro, en lo que nos creemos capaces de rendir sobre la mayoría y vivimos rígidos, anquilosados, devotos a la gran meta, con la expectativa de que mañana estaremos más cerca si empeñamos el ahora, atestamos nuestros horarios y minimizamos el ocio y descanso, el tiempo libre; al fin y al cabo, como se expresa recurrentemente: «Descansaré en la tumba». No obstante, cuando el resultado final es lo único que importa, terminamos supeditando nuestro valor como individuos a eso, y así la satisfacción con respecto a nosotros es una burda cuestión de desempeño.
Por supuesto que es placentero hacer algo bien, eso es innegable, pero también es una concepción en demasía reduccionista pensar que solamente tales haceres aportan. Existen algunos que son disfrutables sin importar nuestra ejecución. Lamentablemente, seguido por nuestra fijación en el rendimiento, son escasas las ocasiones en que nos atrevemos a experimentar, soltarnos, tirarnos de cabeza a lo que hay delante. ¿No podríamos acaso arrancarnos a ratos esa necesidad de éxito? Recordemos ahora al bailador mencionado con anterioridad; una vez me dijo: «lo bailado nadie me lo quita»; tenía razón, nadie se lo podía quitar, y del mismo modo nadie podía dárselo, solo él, era suyo, por él y para él, porque libre de la opinión ajena, aunque fuera momentáneamente, hallaba dicha en el simple hacer. A pesar de que me costó al inicio, gracias a él comencé a comprender que hacer, por mero gusto, cosas que sabemos que no sabemos hacer, bailar sin saber bailar, por ejemplo, ser diletantes, puede ser en el fondo beneficioso, provocar que nuestras vidas sean más de lo que son, más amplias, más ricas, más.