Saquen los cables, las pinzas y la Raspberry Pi.
Durante años nos preparamos para el futuro equivocado. A mí me contaron que el peligro iba a llegar con robots asesinos, ciudades cubiertas de neón, corporaciones malvadas, hackers perseguidos en motos mega sexis, futuristas y androides sofistas, existencialistas y profundamente confundidos.
Horas y horas de entrenamiento con Blade Runner, Terminator, Matrix, Ghost in the Shell, Akira, RoboCop, Alien, Total Recall, Johnny Mnemonic y películas en VHS donde la humanidad se perdía entre cables, lluvia ácida, pantallas verdes, rascacielos y publicidad de neón que prometía una felicidad que nadie en la peli tenía.
Como muchas personas de mi generación —esa generación medio perdida entre la X y los millennials, ese pedazo de década que quedó flotando en la historia— nací en un mundo sin internet y crecí justo a tiempo para ver cómo todo se pixelaba.
Crecimos entre cartas dobladas en forma de punta, teléfonos con candado “de verdad”, disquetes, Encarta, cafés internet, primeras cuentas de correo, chats misteriosos y computadoras que, al conectarse a internet, generaban un conflicto familiar por: “¡NO LEVANTEN EL TELÉFONO!”.
Conocimos un mundo sin celular, sin redes sociales y sin computadoras personales en cada mochila, pero también fuimos lo suficientemente jóvenes para adoptar la vida digital como si siempre hubiera estado ahí.
Y así, sin darnos cuenta, en realidad nos estábamos entrenando.
Queridos cyberpunks de los ochenta: llegó nuestro momento.
Desempolven las películas, porque el cyberpunk llegó, solo que no como lo imaginamos.
Llegó como un algoritmo que decide qué vemos, qué deseamos, qué odiamos, qué compramos y a quién extrañamos a las dos de la mañana 🙁
Llegó como una inteligencia artificial que escribe, dibuja, resume, traduce, responde, consuela y nos ayuda a decir lo que ya no sabemos decir sin ChatGPT.
Ahora sí es una nube que no sabemos dónde está, como una contraseña que olvidamos, con términos y condiciones que no leemos. Clic, clic, clic y aceptar.
Listo: ¡estás dentro!
Chicas construyendo cyberdecks: computadoras hechas a mano.
Pues sí, señores: las chicas construyendo sus propias computadoras con microordenadores, pantallas pequeñas, teclados, cables, baterías y carcasas recicladas son una realidad palpable y hermosa, entre tanta tecnología sellada.
Un cyberdeck es una computadora portátil hecha a mano. Normalmente se construye con una Raspberry Pi, una pantalla pequeña, un teclado, una batería, cables, adaptadores, una memoria con sistema operativo y una carcasa intervenida.
Puede vivir dentro de una caja de herramientas, una lonchera vieja, una maleta, una consola reciclada, una caja de maquillaje, una bolsa tipo concha o cualquier objeto que merezca una segunda vida.
La comunidad Cyberdeck Cafe explica que, dentro del imaginario cyberpunk, un cyberdeck es una computadora móvil personal usada por hackers o deckers para conectarse al ciberespacio. En el mundo real, esa idea se transformó en computadoras artesanales, muchas veces hechas con placas de bajo costo, pantallas pequeñas y teclados personalizados.
Y aquí lo bello: estas máquinas no buscan competir con una MacBook, ni ser las más rápidas, ni prometer productividad infinita en doce cómodas mensualidades.
Son objetos tecnológicos personales homemade.
Computadoras Frankenstein con estética de diario adolescente, laboratorio casero, como un remake de una película ochentera, y resistencia digital. Artefactos rebeldes en una época donde casi todo viene sellado.
De Neuromancer a un neceser
El concepto no nació en TikTok, aunque TikTok lo haya vuelto tendencia.
Los cyberdecks vienen del imaginario cyberpunk, especialmente de la novela Neuromancer, publicada en 1984 por William Gibson. Ese libro ayudó a consolidar una visión de futuros urbanos, tecnológicos, corporativos y profundamente deshumanizados, donde hackers, inteligencias artificiales y sistemas de control conviven en una realidad saturada de máquinas.
La palabra “ciberespacio” también se volvió inseparable de esa imaginación. Lo que en los ochenta parecía ciencia ficción terminó anticipando muchas de las formas en que hoy manejamos las redes, plataformas, datos, identidades digitales y dependencias tecnológicas.
Los cyberdecks tienen una carga simbólica potentísima. No son solo computadoras caseras. Son pedazos de una imaginación cultural que lleva décadas cocinándose: cuando la tecnología se vuelve demasiado poderosa y demasiado cerrada, entenderla deja de ser un lujo y se convierte en defensa personal.
Cyberdeck con panel solar construido por Annike Tan, conocida como Ube Boobey. Fotografía cortesía de Annike Tan, publicada en WIRED en el artículo “The Hottest Anti-AI Gadget Is a Cyberdeck”.Este año 2026, los medios Wired y Teen Vogue documentaron una nueva tendencia de creadoras jóvenes que están llevando los cyberdecks a redes sociales con una estética íntima, y femenina.
Uno de los casos más visibles ha sido el de Annike Tan, conocida en redes como Ube Boobey, quien viralizó un cyberdeck inspirado en sirenas, armado dentro de una bolsa y decorado con detalles dorados, perlas y componentes electrónicos.
No es cute: es hackear la estética del poder. ¡A por ello!
Esta tendencia me inspira. Ver computadoras construidas dentro de objetos asociados con lo íntimo, lo doméstico, lo decorativo, lo nostálgico o lo femenino me genera un profundo orgullo y esperanza. Porque esto no es solo una computadora “tiernita”.
Es apropiación.
En Latinoamérica, la tecnología casi siempre nos llega empaquetada desde otro lugar y muchas veces tarde. Así que, amigues, utilizo este espacio para invitarles a unirnos a esta iniciativa. Por mi parte, prometo compartirles pronto nuestro primer cyberdeck.
Receta para cocinar una máquina rebelde
Ingredientes:
- Una Raspberry Pi, preferiblemente Pi Zero 2 W, Pi 4 o Pi 5.
- Una pantalla pequeña HDMI o táctil.
- Un teclado mini, mecánico, reciclado o Bluetooth.
- Una memoria microSD con Raspberry Pi OS o alguna distribución Linux.
- Una batería externa o power bank.
- Una carcasa: bolsa vieja, caja de maquillaje, lonchera, juguete, maletín, caja de herramientas o cualquier objeto que merezca una segunda vida.
- Cables, adaptadores, tornillos, separadores, cinta doble cara, paciencia y una mesa que pueda ensuciarse.
- Opcional: impresión 3D, corte láser, bocinas pequeñas, perillas, botones, luces, panel solar, biblioteca offline o un modelo de IA local.
Preparación:
- Primero, dejar de pensar que la tecnología es solo para especialistas.
- Después, elegir una carcasa que tenga historia.
- Medir la pantalla, imaginar dónde irá el teclado, acomodar la placa, revisar la energía, instalar el sistema operativo y aceptar desde el inicio que algo va a fallar.
Volver a intentar.
Pedir ayuda.
Leer tutoriales.
Preguntar.
Cortar.
Pegar.
Rearmar.
Y cuando por fin encienda, aunque todavía no sirva para mucho, mirar esa pequeña máquina y recordar algo que Silicon Valley se esforzó demasiado en hacernos olvidar: entender también es una forma de libertad.
https://youtu.be/aumh4oknVuM?si=U9vw7_h0BUpGbzBN