Por Ana Cecilia Ramírez y Abdiel Ortega
Durante su visita a Tijuana, la escritora mexicana Cristina Rivera Garza habló de archivos, fronteras, lenguas y libros que nacen de documentos incompletos, pero también de aquello que la literatura puede hacer frente a la violencia: nombrar, conservar y devolver una historia al espacio colectivo.
Durante la conversación que sostuvo con Calafia Noticias, aparece Concha Urquiza, la poeta nacida en Morelia que murió en Ensenada y permanece enterrada en Tijuana; aparece también Liliana Rivera Garza, asesinada en 1990, cuya memoria dejó de pertenecer únicamente al duelo familiar después de la publicación de El invencible verano de Liliana. Entre ambas historias, Rivera Garza reflexiona sobre la responsabilidad de escribir con vidas reales, el poder de los círculos de lectura y la frontera como un territorio menos estable de lo que indican los mapas.
Después de estar en una ciudad fronteriza cómo esta, ¿qué cree que Tijuana todavía pueda contar sobre sí misma?
Bueno, mire, yo tengo que decirle que yo no he hecho investigación tijuanense, propiamente dicho.
Yo he hecho el trabajo de archivo, pero en relación a la frontera de Tamaulipas y Texas, en mi libro Autobiografía del algodón. Y no me permitiría decir… No tengo la experiencia detrás de mí para poder tener una opinión responsable sobre lo que queda de contar de Tijuana, históricamente hablando o en términos de archivo.
Lo que sí le puedo decir es que justo ahora estoy tratando de investigar en el archivo la historia de Concha Urquiza, una poeta mexicana del siglo XX que nació en Morelia, y que murió en Ensenada y está enterrada en Tijuana.
Yo creo que es una historia de la que se conoce muy poco. Y, digamos, esa historia falta por escribirse en Tijuana y es lo que ahorita ando viendo.
¿Qué fue lo que le llamó la atención de esta historia?
Pues mire, empecé porque estaba viendo algunas mujeres escritoras o escritores nadadores, y sucede que ella era buena nadadora.
Aunque me dicen que no debería decir eso porque murió ahogada, pero murió ahogada porque andaba nadando en el estero, en Ensenada, y ahí se forma una corriente muy fuerte en una hora específica del día, que fue en la que ella nadó.
Y me parece sorprendente que una escritora que nació en Morelia, que después trabajó un tiempo en San Luis Potosí, esté aquí en Tijuana y que no sepamos. Hay que un poco desenterrar esa historia de Concha Urquiza.

En Terrestre aparecen el viaje, el movimiento y las formas de habitar el espacio. ¿Qué lugar ocupa la frontera dentro de esas experiencias?
Bueno, muchas, ¿no? La frontera es menos estable y más movible de lo que creemos.
Hay referencias a algunas fronteras geopolíticas concretas en algunos de estos textos, pero creo que, en general, están formados alrededor de un concepto mucho más amplio de frontera.
Digamos, donde hay diferencia, hay frontera.
Y aquí hay diferencias que tienen que ver con clases, con género, sobre todo, y lo que esto implica en términos de violencia.
Son textos de desplazamientos más que de viajes. No son viajes ni turísticos ni instagramáticos, y son desplazamientos para los cuales el deseo, la amistad y el encuentro son fundamentales.
Usted ha trabajado en la crónica, el ensayo, la novela y la no ficción. ¿Cómo decide qué forma va a tener cada historia?
Depende mucho de mis materiales. Yo me guío mucho por los materiales con los que trabajo.
La primera novela que yo publiqué, que se llamó Nadie me verá llorar, está basada en archivos del antiguo Manicomio General La Castañeda.
Y le puedo decir que, en la lectura de los expedientes de los pacientes de esta institución, junto con ellos dirimí la forma que iba a tomar la novela.
En este caso fue una novela de ficción que estaba interrumpida por la incorporación de partes transcritas del mismo documento.
En otras situaciones la cosa ha variado. El invencible verano de Liliana, por ejemplo, donde exploro el feminicidio del que fue víctima mi hermana en 1990, yo utilicé el archivo de los afectos, sus documentos, para producir una obra híbrida, una obra que se mueve entre la ficción y la no ficción, pero donde, digamos, la no ficción, el asunto material y la correspondencia con el documento son vitales para poder entrar al asunto del libro.
En Autobiografía del algodón, donde exploro la experiencia migrante de mis abuelos, igual recurrí a archivos, entrevistas, trabajo de campo, pero ahí hubo que echar mano más de la ficción porque hay menos documentación. Entonces, eso dependió mucho del asunto formal.

¿Qué responsabilidades asume una escritora cuando trabaja con documentos reales, víctimas y memorias familiares?
Bueno, creo que hay una… A ver, la palabra responsabilidad a veces se toma de una manera muy solemne, ¿no?
Pareciera ser que aquellos que han utilizado la relación de la responsabilidad con la escritura lo han hecho para denunciar o denigrar el trabajo lúdico de la imaginación.
Yo creo que no son labores antitéticas.
Creo que todo el que escribe está escribiendo con un lenguaje prestado, con un lenguaje que le pertenece a comunidades enteras, y luego entonces eso provoca una responsabilidad, en el sentido de que hay una relación.
Y cuando hablamos de violencia en específico, yo creo que la responsabilidad es enorme, porque hay muchos peligros: desde la pornoviolencia, por ejemplo, el amarillismo que muchas veces crece con estos temas, el escribir sin poner atención a las voces de las víctimas, el hacer de la violencia un acto banal, como tantas veces se ha citado a [nombre poco claro].
Es decir, hay muchos peligros y yo creo que ahí es un asunto que se dirime fundamentalmente en la forma. Es decir, no es un asunto, digamos, moral, sino es formal también. Le pertenece de manera intrínseca al trabajo literario y a su imaginación.

Hoy se cumplen 36 años del feminicidio de Liliana, si no me equivoco. ¿Cómo vive esta fecha después de la experiencia de El invencible verano de Liliana?
Qué buena pregunta que me hace. Fíjense que este collar que tengo ahorita aquí lo recibí de regalo de una chica que, si no me equivoco, se llamaba Marisa Félix, aquí en mi primera presentación.
Y me dio también una carta muy larga en la que me explicaba que, después de leer el libro, había podido identificar que ella vivía, como digo en el libro, con el oso; que era una relación que podía terminar dañándola.
A partir de esa identificación, ella pudo tomar medidas, tomar decisiones que le costaron trabajo, pero que ahora la tienen en una mucho mejor situación vital.
Recibo mucho este tipo de regalos, este tipo de recordatorios de que los libros no se quedan en uno; que los libros, cuando logran saltar y habitar el cuerpo de nuestros lectores, pueden hacer más cosas de las que uno nunca imaginó.
Y yo creo que esta comunicación, este abrazo, este cariño, ha transformado de manera muy radical el duelo que mi familia y yo habíamos llevado por el feminicidio de Liliana.
Había sido, hasta antes del libro, un duelo culposo, silenciado a la fuerza, lleno de vergüenza. Y es ahora una conmemoración, digamos, del abrazo, del cariño de tantas nuevas hermanas y hermanos que Liliana ha ido colectando por el mundo.
¿Qué significa para usted que Liliana continúe presente en las conversaciones sobre memoria, justicia y violencia contra las mujeres?
Bueno, a un nivel muy personal, digamos nada más, me confirma el poder de la literatura para hacer su trabajo: la memoria colectiva.
El hecho de que nos sirvamos de un lenguaje que compartimos con comunidades enteras de hablantes, pues posiciona la literatura en su capacidad de producir memoria al unísono con otros.
Por otra parte, y por desgracia, Liliana no es la única. Forma parte de una estadística cada vez más espantosa, que crece no solo en México, porque no es un crimen que respete fronteras nacionales o que tenga alguna identidad nacional.
Es un crimen mundial. Es una guerra, como decía Rita Segato, una guerra desatada contra las mujeres a un nivel global.
El que se nombre a Liliana me parece que también es una victoria contra la estadística fría, contra el estereotipo abstracto que condena a las mujeres o que muchas veces ha justificado la violencia que se ejerce contra ellas.
También yo creo que es un recordatorio de la hermandad, porque Liliana aparece en el mural que está en la UAM Azcapotzalco y está rodeada también por dos chicas más, estudiantes que fueron asesinadas, víctimas de feminicidio ellas también.
Una hermandad en la muerte, como hay una hermandad en la vida, y creo que ambas hermandades son necesarias para poder conseguir justicia.

En Tijuana cada vez son más frecuentes los grupos o los círculos de lectura y, en los últimos meses o años, este ha sido uno de los libros que ha formado parte de estos círculos. ¿Qué significa para usted que tengan esta conversación con su libro?
No, imagínense. Yo creo que los escritores dependemos de una manera enorme de los círculos de lectura que, hasta hace mucho tiempo, hasta hace poco tiempo, eran sobre todo dirigidos por mujeres. Y eso no me parece un dato menor.
Ahora he platicado con varias personas en Tijuana y veo con mucho gusto que esos clubes de lectura se forman no solo de mujeres, sino de chicos y de chicas; que se hacen en lugares muy distintos, en librerías independientes, en áreas de trabajo, en fin.
Por supuesto que yo creo que es algo fundamental.
El libro no se hace siempre para ser leído a solas, aunque si se hace así, no está mal. Pero creo que un libro que convoca a una conversación, que forma parte de una conversación para empezar y que puede convocar a otros para continuarla, pues ahí está la riqueza de leer.
Se da la comunión que es la lectura y el proceso creativo también de la lectura como tal.
¿Qué impacto tuvo haber ganado el Premio Pulitzer para la circulación de su obra y su relación con los lectores?
Pues eso yo no le podría decir porque no tengo datos duros. No sé si se ha vendido ese libro. No, sí sé: sí se ha vendido ese libro.
Pero el impacto que me interesa mucho… Yo, cuando recibí el Pulitzer, dije que me interesaba sobre todo la plataforma para poder generar una conversación que me parece urgente, en caso de que no existiera la conversación sobre el feminicidio y la violencia de género, o continuar con una conversación más humana, más profunda, sobre estos mismos hechos.
Y por fortuna creo que ha sido el caso.
Es realmente benéfico cuando un premio así puede enfatizar, echar un poco de luz, traer a colación un libro como este.
Y, como lo he comprobado estos días en Tijuana, me da mucho gusto. Recibo los regalitos, las cartas, los comentarios, estas noticias de que es parte de varios clubes de lectura, con mucho, mucho gusto.
También hace unos meses estuvo a punto de ganar otro premio muy importante. ¿Cómo vivió esa experiencia?
Ah, de eso no voy a hablar.

¿Cómo enfrenta las expectativas que surgen después de haber recibido un premio como el Pulitzer?
Yo creo que una de las cosas más virtuosas de escribir es que, si realmente estás escribiendo un libro nuevo, uno empieza desde cero.
O sea, si va a escribir un libro usando una fórmula que ya funcionó y demás, no está escribiendo un libro, está repitiendo una fórmula.
Lo bueno de este oficio es que, para poder saltar de un libro a otro, realmente se necesita esa valentía como la suya de decir: “Me voy a salir de aquí, voy a empezar otra cosa”; de volver a explorar nuestras herramientas y volver a llegar como al asunto, que nuestros materiales, al que nos guíen nuestros materiales para poder abrir caminos nuevos.
Yo creo que eso es lo importante.
Se aprende, por supuesto, pero llega un momento —y es un momento que llega temprano— en el que también lo importante es desaprender, dejar de hacer cosas de manera automática y enfrentarnos a las bases de nuestro trabajo en desnudo, a raíz, como dicen.
Usted vive en Estados Unidos. ¿Cómo influye esta experiencia transfronteriza en su lenguaje y en su manejo del español?
Ha influido de múltiples maneras.
Yo he vivido casi siempre en lugares donde se habla mucho español: en Houston, donde podría vivir fácilmente sin hablar inglés, y después en el sur de California, donde es un poco distinto.
He vivido en español y en inglés, he escrito en español y en inglés, y por supuesto que eso ha tenido un impacto enorme.
Yo no sería la escritora que soy si mi relación con el inglés no hubiera sido tan cercana como para cuestionarme muchas de las cosas que tomamos por obvias o naturales en el idioma en el que nacemos.
Entonces, una de las lecciones más importantes del bilingüismo, o multilingüismo, si así fuera el caso, es enseñarnos que la lengua no es natural; que hay muchas decisiones que se toman en relaciones desiguales de poder; que es un campo de batalla.
Y para mí esas lecciones han sido importantísimas, tanto en mi elección de temas como ya en decisiones muy formales acerca de la naturaleza de mi oración, cómo se arman párrafos, cómo interactúan o chocan distintas formas literarias.
Pero yo creo que todo eso viene de estar viviendo en español y en inglés.
Yo no he usado el spanglish porque no es algo que forme parte de esa generación.
Yo llegué, como les digo, a Estados Unidos cuando el daño ya estaba hecho. Yo viví 24 años en México, siendo monolingüe en México, en español. Bueno, había aprendido inglés, pero mi vida cotidiana era en español.
Entonces, no me corresponde. Yo no vi como una expresión, digamos, orgánica, natural, el hacer spanglish, que no lo hago.
Yo creo que las generaciones que crecen en Estados Unidos, que hablan español en su casa, que hablan inglés en la escuela, por supuesto que esto conduce a otro tipo de relación.
Mi convivencia con ambas lenguas en la escritura se nota más, creo yo, en la base de la oración, más que en las palabras que aparecen en el texto.