Es, sin duda, una de las frases más duras de escuchar en el consultorio. Y lo curioso es que no viene acompañada de un lamento por dolor físico, sino de una mirada de angustia profunda, de esas que desarman. Suele ocurrir justo después de que termino de explicar un diagnóstico complejo, una propuesta quirúrgica o un tratamiento largo. La preocupación del paciente y de su familia cambia de golpe: ya no es sobre la enfermedad, sino sobre cómo van a pagarla.
En la práctica médica de hoy —sobre todo en especialidades como la coloproctología y la gastroenterología, donde vemos casos complejos—, las decisiones ya no se toman solo con los libros de medicina en la mano. Lamentablemente, la realidad financiera del paciente y las letras chiquitas del Seguro de Gastos Médicos Mayores (SGMM) terminan pesando igual o más que el criterio clínico.
Llegar a viejo en un sistema hostil
Estamos viviendo más años, eso es una realidad. Pero parece que el acceso a la medicina privada funciona al revés: entre más grande eres, más difícil es atenderte. Para un adulto mayor, el ecosistema de los seguros privados se vuelve una carrera de obstáculos casi imposible de librar.
Las pólizas se disparan de precio en cuanto cruzas la barrera de los 60 o 65 años. Hablamos de costos anuales que devoran por completo cualquier jubilación promedio. Si a eso le sumamos el dolor de cabeza de las “preexistencias” (si eres hipertenso, tuviste un susto con el azúcar o algún antecedente más serio), la aseguradora simplemente te cierra la puerta en la cara o te cobra una cantidad ridícula. Es absurdo, pero real: cuando el cuerpo se vuelve más frágil y más necesitas esa protección, el mercado te deja fuera.
El golpe de una enfermedad catastrófica
Un diagnóstico de los que llamamos “catastróficos” —un cáncer de colon, una cirugía de urgencia o un par de semanas en terapia intensiva— le borra el patrimonio a cualquier familia en días. Los costos de los hospitales, la tecnología quirúrgica y los insumos han subido a un ritmo que no tiene nada que ver con la inflación normal de la calle. Es carísimo enfermarse.
Y aquí viene el engaño: tener una póliza guardada en el cajón ya no es sinónimo de tranquilidad. Entre el deducible, el coaseguro y unos tabuladores médicos que las aseguradoras congelaron hace años (y que no ligan con lo que los hospitales cobran en la realidad), el paciente, aun estando asegurado, tiene que sacar cientos de miles de pesos de su bolsa para poder operarse.
¿Qué nos queda por hacer?
Como médicos, no podemos limitarnos a dar el diagnóstico y encogernos de hombros ante la cuenta del hospital. Hay que armar una estrategia con el paciente:
Comprar el seguro cuando no lo necesitas: Suena contradictorio, pero la única forma de ganarle al sistema es generar antigüedad desde jóvenes. Entrar a la tercera edad con una póliza vieja obliga a la aseguradora a cubrirte lo que vaya saliendo en el camino.
Moverle a las variables de la póliza: A veces es mejor subir el deducible para que la mensualidad o la anualidad baje y el adulto mayor pueda seguir pagando el seguro. Es mejor tener una cobertura para eventos realmente grandes que quedarse sin nada por querer cubrir detalles menores.
Hablar con la verdad en el consultorio: Necesitamos una comunicación abierta. Los médicos tenemos que coordinarnos con los presupuestos de los hospitales, ajustar los honorarios a los tabuladores reales y buscar opciones de insumos que no dejen en la quiebra a la familia.
Perderle el miedo al sistema mixto: Hay momentos donde una póliza privada se agota por medicamentos de alta especialidad o tratamientos larguísimos. Saber cuándo apoyarse en las instituciones públicas o de seguridad social es clave para no dejar morir financieramente una casa.
La prevención también es un ahorro
Al final, cuidar lo que ponemos en el plato, movernos y entender cómo funciona nuestro cuerpo no es solo un tema de bienestar físico; es la mejor decisión financiera que podemos tomar.
Hablar de dinero en la medicina es incómodo, pero ignorarlo es irresponsable. Ser un médico de excelencia hoy en día va más allá del quirófano; implica también tomar de la mano al paciente y ayudarlo a descifrar este laberinto económico para que su única batalla real sea la de recuperar la salud.