Mi obsesión con Tijuana comenzó a los diez años, cuando la Nina (amiga de mi familia), me contó cómo un día, al salir de la secundaria, vio el fusilamiento de Juan Soldado en las orillas del Panteón Municipal No. 1.
La Nina conoció a Olga Camacho, la niña que Juan Castillo, un soldado del ejército mexicano, fue acusado de asesinar en 1938. También me contó que una médium aseguró haber tenido una visión: el verdadero culpable era un militar de rango superior.
Años después comenzó en la ciudad un culto popular a Juan Soldado, se le venera extraoficialmente como santo de los migrantes indocumentados.
Luego, a los once años, durante las vacaciones de verano, mi mamá nos llevó a mi hermano y a mí a la Biblioteca Pública dentro del Parque Teniente Guerrero. Mi mamá buscó el libro Leyendas de Tijuana, de Sor Abeja. Nos sentamos en una mesa de la biblioteca; mi mamá comenzó a leer en voz alta.
Así se repitieron varios días: mi mamá nos leía una leyenda y, cuando se podía, íbamos a los lugares donde habían sucedido las historias. Visitamos la tumba de Juan Soldado; la de Enriqueta Gil (la novia del Panteón); la tiendita de la Calle Segunda donde fue vista por última vez la niña Olga; la Casa de las Hortensias; y el Museo de las Californias, para ver las representaciones del Casino Agua Caliente.
Las leyendas de Tijuana me producían morbo; me inquietaba la idea de que mi ciudad estuviera sostenida por relatos perversos. Mis recuerdos entre los diez y los catorce años están mezclados con las historias sobre Tijuana que escuché a través de la Nina y de las leyendas que mi mamá nos leía.
Hace unos días escuché que abrirían, por primera vez al público, las ruinas del Casino Agua Caliente. Después supe que se trataba de una actividad en el marco de la 4ta edición de Tijuana Design Week. La inauguración sería el viernes 22 de mayo; yo no podía asistir. Decidí dejar de investigar.
En la década de 1920, el Casino Agua Caliente era conocido como The Land of Freedom and Romance: hotel, casino, hipódromo y centro turístico. Era un lugar de lujos y excesos; incluso sirvió como escenario para películas de Hollywood. En 1935, el presidente Lázaro Cárdenas ordenó su cierre y posteriormente lo convirtió en un centro educativo. Con el tiempo, gran parte de su infraestructura y decoración fueron destruidas. El casino, construido en estilo misional californiano, era en sí mismo una simulación: una arquitectura diseñada para responder a las fantasías de los turistas norteamericanos.
El domingo 24 estaba en mi casa, scrolleando en Instagram, cuando comenzaron a aparecer reels sobre Arquitectura Fermentada, un proyecto de investigación e instalación artística realizado en las ruinas del Casino Agua Caliente. En uno de los videos leí: “Clausura hoy. 4:00 a 9:00 p.m.”. Eran las 7:30 p.m.
Me puse zapatos y salí de mi casa. Manejé hacia el bulevar Agua Caliente. Me perdí varias veces. Por fin, a las 8:20 p.m., llegué. Me estacioné en la Secundaria Técnica No. 1 y caminé hacia donde el guardia me indicó.
Desde lejos solo pude distinguir un montón de enredaderas y árboles torcidos. Una luz amarilla me indicó que estaba en el lugar correcto. Me acerqué hasta llegar a la entrada de las ruinas de la antigua cocina del casino. Ahí leí el texto de la instalación.
Las leyendas de Tijuana me producían morbo; me inquietaba la idea de que mi ciudad estuviera sostenida por relatos perversos
Arquitectura Fermentada es un proyecto del estudio de arquitectura tijuanense Tierra Estudio, dirigido por Crystian García.
Lo primero que vi fue una réplica de la Fuente del Fauno. Alrededor, sobre lo que quedaba de una de las paredes, colocaron detalles decorativos del casino: un mascarón, fragmentos de azulejo y ladrillos apilados.
Parte de la exposición Arquitectura FermentadaLa planta baja estaba cubierta de agua. Como parte del proyecto colocaron plataformas de madera para poder recorrer el espacio. La iluminación (azul y amarilla) y el agua le daban al lugar un aspecto mítico.
Entre los vestigios y las plantas que poco a poco habían recuperado el espacio, se exhibieron piezas de Carolina Betancourt, Iván Arévalo y Pavel G. Romero.
En medio del lugar había unas escaleras atravesadas por las raíces de un árbol. Subí. Ya no quedaba nada del techo. El piso tenía agujeros que permitían ver desde arriba las piezas instaladas en la planta baja. Nunca había visto algo así en mi vida: ruinas, la naturaleza integrándose y destruyendo lentamente el espacio, la iluminación, las piezas reflejándose sobre el agua. Enloquecí.
A las 9:00 p.m comenzaron a desmontar la iluminación. Le pregunté a uno de los muchachos que estaba recogiendo si la exposición volvería a abrirse. Me dijo que no. Arquitectura Fermentada en las ruinas del Casino Agua Caliente fue una intervención efímera.
Parte de la exposición Arquitectura FermentadaVolví a recorrer las ruinas a oscuras; recordé Todo lo de las focas, de Federico Campbell. La historia regresa varias veces a las ruinas de Agua Caliente. Durante un último recorrido, el protagonista y Beverly entran a los vestigios y, de pronto, a través de la memoria, el casino vuelve lentamente a existir: las fichas de la ruleta, el Salón de Oro, los naipes sobre las mesas. Luego, de repente, todo vuelve a la oscuridad.
Esa escena siempre me gusta porque la imagen del casino aparece como una lámpara que se enciende y se apaga por unos segundos. Eso experimenté esa noche con Arquitectura Fermentada. El casino Agua Caliente se volvió a apagar. Regresé al estacionamiento y manejé de vuelta a mi casa.